Las pestañas de Chaekyung temblaron suavemente. Sus ojos azules brillaban mientras la observaban.
—Ah… ah… aa…
Era como si todo el vello de su cuerpo se erizara. La excitación le hizo arquear la espalda. Estaba a punto de alcanzar el límite. En el instante en que presionó con el dedo índice, sus hombros se sacudieron.
Y justo entonces, Chaekyung le sujetó la muñeca.
La apartó.
Un hilo húmedo se extendió entre sus dedos y su piel.
—Hnng… ¿por qué…?
—Aún no te he dado permiso.
Si el tono de Chaekyung hubiera sido severo, Ina habría reaccionado de inmediato, disculpándose por haber olvidado algo. Pero estaba sonriendo. Claramente disfrutaba verla así, exponiéndose frente a ella. Al captar el ambiente, Ina frunció los labios y se quejó con voz mimosa.
—Amaaa…
—No.
La palabra fue firme, pese al tono suave.
—A partir de ahora, tienes prohibido tocarte sola. Si quieres hacerlo, pídeme permiso.
El rostro de Ina se quedó en blanco, como si el cielo se le hubiera caído encima. Chaekyung, al verla, estalló en una carcajada.
—Ah, pero qué adorable eres… me vuelves loca.
Ante ese elogio, Ina no supo qué decir. Quería protestar, pero que la llamaran adorable desarmaba cualquier queja. Solo pudo inflar los labios, entre molesta y avergonzada.
Chaekyung sonrió y volvió a bajar la mano que antes le había sujetado la muñeca. Con el dedo índice la tocó de nuevo.
—¡Ah…!
El gemido salió más fuerte de lo que pretendía. Ina se sobresaltó por el sonido y miró a su ama, inquieta.
—Lloras muy bonito. No te contengas.
La mano de Chaekyung se movía sin titubeos. La intensidad aumentaba, firme, controlada. Cada vez que Ina estaba a punto de alcanzar el clímax, la presión se detenía. Y cuando parecía calmarse, volvía a empezar. Una y otra vez.
—Ah… ama, por favor…
Quizás habría sido más fácil con las manos atadas. Con los brazos libres, no sabía qué hacer con ellos. No podía apartarla, pero tampoco quedarse quieta. Su respiración se volvió entrecortada, casi suplicante. Con solo un roce más, su cuerpo reaccionaba con sobresalto. Finalmente alzó la vista.
Chaekyung estaba sonriendo.
Pero no era la sonrisa suave de antes.
Era la misma que vio la primera vez en la tienda. La misma que percibió cuando rompió aquel frasco de perfume. La misma que sintió cuando unos dedos recorrieron el interior de su brazo.
Crueldad.
En aquellos ojos azulados se reflejaba su propia imagen, desorientada y temblorosa. Chaekyung la observaba como si quisiera grabarla en su retina.
Ina, jadeando, suplicó:
—Déjeme… terminar…
Chaekyung parecía debatirse, como si quisiera prolongar el momento. Pero al verla aferrarse con desesperación, tomó una decisión. El ritmo se volvió más intenso, más decidido.
—Puedes venirte. Está bien.
—¡Ah…!
El clímax llegó de golpe. Tal vez por la prolongada estimulación. Tal vez por hacerlo bajo su mirada. Tal vez por ambas cosas.
Fue más fuerte que de costumbre. Ina tembló, con la respiración descontrolada. Cuando abrió los ojos, Chaekyung estaba frente a ella.
Extendió la mano y apartó el cabello que cubría su rostro. Su visión se aclaró. Luego, con una sonrisa juguetona, le revolvió el cabello con la mano aún húmeda.
—¿Quién te dejó así de empapada, hm?
—Pero…
—¿Pero…?
La animaba a seguir hablando. Ina, molesta, mordió ligeramente los dedos que le rozaban la mejilla. Fue un gesto impulsivo.
Chaekyung soltó un suspiro incrédulo antes de deslizar los dedos entre sus labios.
—¿Te estás rebelando?
—No… no…
Los dedos se movieron dentro de su boca, presionando suavemente su lengua, explorando sin prisa. Ina no pudo apartarse. Solo pudo soportarlo, con el rostro aún encendido, mientras su ama continuaba jugando con ella.
Los dedos salieron lentamente de su boca. Chaekyung, sin perder la sonrisa, limpió en la mejilla de Ina la humedad que había quedado en ellos. Su expresión divertida se debía al aspecto desordenado de Ina: el cabello largo y lacio pegado en mechones a la frente y a las mejillas, los labios hinchados, la respiración aún agitada.
Luego, sujetó el rostro de Ina con ambas manos y se inclinó para darle un beso breve. Un beso corto. Y se apartó enseguida.
Ina sintió una extraña punzada de decepción por lo fugaz que había sido. Se pasó la lengua por los labios, como si pudiera prolongar aquel contacto.
Entonces escuchó, con suavidad:
—¿Nos duchamos juntas?
* * *
El chorro de agua se detuvo sobre sus cabezas. Dentro del cubículo de la ducha estaban las dos. Ina permanecía de pie, apoyada contra la pared. Detrás de ella, Chaekyung.
Chaekyung pasó la esponja enjabonada desde la espalda de Ina hasta los hombros, bajando luego por la cintura, las caderas y los muslos con movimientos lentos y meticulosos.
—L-la parte de adelante la hago yo… —murmuró Ina, nerviosa.
—No. Hay que limpiarla bien.
Su tono era suave, pero firme.
La esponja descendió por el cuello, recorrió las clavículas y se deslizó sobre el pecho. Ina apretó los labios, removiéndose inquieta. De niña había ido a los baños públicos con su madre, había sido bañada así alguna vez. Pero ya adulta… jamás había compartido una ducha con otra persona. Y mucho menos con alguien que le gustaba.
Cada roce parecía amplificado. Cuando la esponja rozó sus pezones, un jadeo se escapó sin que pudiera evitarlo. Chaekyung, con expresión inocente, siguió descendiendo por su abdomen como si nada.
—Hm~ —tarareó.
Para Ina, en cambio, era una tortura deliciosa. Si Chaekyung notaba lo excitada que estaba, estaba segura de que no la dejaría en paz durante días.
La mano que no sostenía la esponja comenzó a deslizarse por el interior de sus muslos.
—E-espera…
—Shh.
El chasquido leve de la lengua la hizo tensarse. La esponja se movió entre sus piernas, insistente. El roce allí abajo arrancó un gemido ahogado.
—Hng… ah…
Mordió sus labios para contenerse.
Los dedos se deslizaron, presionaron con suavidad en el punto más sensible. El aliento cálido de Chaekyung rozó su oído.
—¡Ah…!
Fue entonces cuando comprendió que la estaba provocando deliberadamente. Giró la cabeza, dispuesta a protestar.
—Tardaste en darte cuenta.
Los dedos, cubiertos de espuma, la estimularon con más decisión. Ina terminó apoyando el hombro contra el pecho de Chaekyung, con las piernas temblorosas. La combinación de caricias y susurros la arrastró al límite.
—¡Ah… ah…!
El agua y la espuma se deslizaron por su piel. La risa baja de Chaekyung vibró contra su espalda.
Las piernas de Ina apenas la sostenían cuando intentó girarse.
—Eres… cruel…
—Sí. Lo soy.
Mientras se apoyaba en ella, notó el calor firme presionando contra su espalda. El simple pensamiento la hizo estremecerse.
Chaekyung rió con suavidad, tomó su mentón con la mano enjabonada y la obligó a girarse hacia ella.
Sus labios se rozaron. Primero suave, y luego más profundo. La lengua de Chaekyung se abrió paso entre los labios de Ina, húmeda, lenta, insistente. El beso que Ina había deseado desde hacía rato se prolongó bajo el vapor, acompañado por el sonido leve del agua deslizándose por sus cuerpos.
* * *
La voz llegó hasta ella.
—Ina.
Era baja. Firme. Cálida.
Ina alzó la cabeza. Aún tenía los ojos húmedos. Chaekyung se había inclinado ligeramente hacia adelante sobre la mesa, los dedos entrelazados, mirándola con una seriedad distinta a la de antes. No era la mirada juguetona, ni la dominante, ni la provocadora. Era algo más sincero.
—No eres alguien vacía. No eres alguien que “solo es bonita”. Eso te lo han repetido tanto que terminaste creyéndolo.
Ina apretó el pañuelo entre los dedos.
—Pero entrar a la universidad A no fue suerte. No fue un regalo. Estudiaste. Te esforzaste. Lo lograste.
Hubo un breve silencio.
—Eso ya dice algo de ti.
Ina tragó saliva. Sentía el pecho apretado.
—Cuando alguien crece escuchando que nunca es suficiente… termina pensando que todo lo que logra es “lo mínimo”. Que no cuenta.
Las palabras golpearon justo donde más dolía.
—Pero cuenta. Todo cuenta.
Chaekyung tomó un sorbo de café, ya tibio, y continuó con la misma calma.
—Durante estos diez días no te saltaste el entrenamiento. No dejaste la academia. No dejaste de reportar. No huiste.
Esa última palabra quedó flotando en el aire. Ina bajó la mirada. Era cierto.
—Si fueras alguien que solo sabe escapar, ya te habrías ido.
El reloj en la pared marcó un leve tic.
—La confianza no aparece de la nada. Se construye. Con pequeñas pruebas. Con pequeños “lo hice”. Y tú ya empezaste a acumularlos.
Ina sintió que la garganta volvía a cerrársele.
—Así que… —Chaekyung ladeó apenas la cabeza— empieza por algo simple. No me creas a mí. Créete a ti misma cuando haces algo y lo completas.
Un silencio suave se extendió entre ambas. Ina respiró hondo, intentando estabilizar la voz.
—Nunca… nadie me había dicho algo así.
Chaekyung sonrió, pero esta vez no con picardía, sino con una suavidad distinta.
—Pues acostúmbrate.
Se levantó de la silla y se acercó. Se detuvo frente a Ina, inclinándose apenas para quedar a su altura.
—Porque no voy a dejar que vuelvas a pensar que no vales.
El corazón de Ina dio un vuelco.
—No mientras estés conmigo.
El murmullo quedó suspendido entre la oscuridad de la noche y el brillo tenue de la cocina. Y por primera vez en mucho tiempo, Ina no sintió que estaba siendo comparada con nadie. Simplemente… vista.
—A medida que sigas esforzándote, empezarás a ver cosas —dijo Chaekyung con voz tranquila—. Sobre ti. Sobre lo que tienes. Sobre lo que te gusta. Sobre lo que eres capaz de hacer. Y me gustaría que me contaras todo eso… sin ocultar nada.
Cuando Ina se secó las lágrimas y levantó la cabeza, la vio. El cabello corto aún húmedo se mecía suavemente con el aire del aire acondicionado. La sonrisa que descansaba en sus labios era extraña: tenía algo de pena, algo de amargura y, al mismo tiempo, una ternura que dolía. Ina pensó, con total sinceridad, que era feliz de que la persona que le gustaba fuera Chaekyung.
“Seguro que puedes hacerlo”.
Aquellas palabras se quedaron prendidas en su pecho, como un hechizo susurrado por una bruja.
Y no podía soltarlas.
Parte 5. I’m in love
Era el tercer jueves de julio. Habían pasado ya tres semanas desde que firmaron el contrato.
Aunque era día de semana, el centro comercial subterráneo estaba lleno de gente. Ina, con gafas de sol, apartaba una prenda tras otra en la entrada de una tienda de ropa. Una dependienta se acercó y, al ver el vestido que Ina sostenía, comentó que era un modelo nuevo que se estaba vendiendo mucho últimamente.
Ina observó el vestido con expresión pensativa, absorta en sus propios pensamientos. Al notar su semblante serio, la dependienta comenzó a sudar, preguntándose si había algún problema.
Si uno se fijaba solo en su rostro, Ina tenía una impresión fría que invitaba a mantener cierta distancia. Pero no era solo eso; había en ella una atmósfera difícil de describir con palabras. Ina, sin embargo, no era consciente de esa imagen que proyectaba. Al notar la actitud incómoda de la dependienta, ladeó ligeramente la cabeza, dejó el vestido en su sitio y salió de la tienda.
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