Capítulo 6
—Hmph… Puede que no tenga ganas ni motivación de hacer nada por sí sola, pero… ¿de verdad crees que eres tú quien tiene que llevar su vida? Despierta, Lee Chaekyung. ¿Vas a hacerte cargo de ella para siempre? Al final, es responsabilidad de ella construir su propio camino. ¿Crees que, solo porque te gusta, tienes derecho a involucrarte hasta en su vida?
—Ese derecho solo existe si Ina me acepta.
La mirada de Hyunjeong se afinó.
—¿Y si no te acepta?
—Lo hará. Me va a aceptar.
Chaekyung parpadeó lentamente y dio un sorbo de vino. Era amargo, con un peso denso. Exhaló suavemente, dejando que el aroma llenara su boca.
—¿Y cómo estás tan segura?
—Instinto.
La botella ya estaba casi vacía. Dejó la copa sobre la mesa y volvió a llenarla. El color del vino en el vaso transparente era atractivo y profundo.
Desde el momento en que entró al café, sintió esa mirada fija sobre ella. Los ojos bien abiertos, una expresión donde se mezclaban la expectativa y la emoción. Un rostro que parecía no mostrar emociones, y sin embargo, justo frente a ella, cambiaba constantemente. El sudor nervioso, los intentos por mantener la compostura… pero todo lo que pensaba era evidente.
Cuando Chaekyung habló, Ina no lo rechazó. Cuando la tocó, al principio se tensó un poco, pero a medida que sus caricias se hicieron más insistentes, podía notarse lo nerviosa que estaba.
Tragó saliva. Bajo la piel, su pulso latía con fuerza.
Tan joven, tan ingenua… tan pura.
Con otra persona, probablemente solo le habría parecido tierna. Nada más.
¿Pero por qué será? Cuando empezó a hablar de sí misma, sintió que todo encajaba como piezas de un rompecabezas. Las reflexiones que leía a veces en su blog tomaban forma. Podía hacerse una idea bastante clara de cómo era.
—Ya lancé el anzuelo, ahora solo queda esperar.
No pensó que la rechazaría. Por cómo había reaccionado, asumió que aceptaría de inmediato. Le quedó una sensación rara: algo de decepción, algo de incomodidad. Pero ya estaba medio atrapada. Esa forma de mirarla, esas expresiones tan intensas, decían claramente que ella también sentía algo.
—Es mejor que lo decida por sí misma… a que simplemente se deje llevar.
Mejor que un día, en lugar de arrepentirse o pensar que solo fue arrastrada, pueda decir que eligió por voluntad propia… porque eso era lo que realmente quería.
—Porque toda elección conlleva responsabilidad.
A Hyunjeong se le erizó la piel. Llevaba tiempo conociendo a Chaekyung, y lo sabía bien: cuando ella hablaba de responsabilidad, no lo hacía en el sentido estricto del diccionario. Chaekyung era del tipo que podía usar el peso de una decisión propia como un arma… y manipular a las personas a su antojo.
—…Cuídala un poco, ¿sí?
—¿No la estoy cuidando ya lo suficiente?
Los ojos de Chaekyung brillaban al decirlo, centelleando con picardía. Hyunjeong giró el rostro, harta, con expresión cansada.
Una presencia brillante que había irrumpido en su vida monótona y gris. ¿Cómo arrastrarla consigo? ¿Cómo mimarla aún más? Con esos pensamientos revoloteando, se escapó un tarareo. Sobre la suave música de fondo, resonó un leve murmullo. Se escuchó también el tintineo del vino llenando una copa vacía.
* * *
Era una de esas noches en que los pensamientos no dejaban dormir.
“Ina, ¿quieres ser mi esclava?”
El nombre giraba lentamente dentro de su boca.”Ina”. La forma en que aquella voz lo pronunciaba era limpia, fresca, como una nota clara en medio del silencio. Tan suave, tan tierna, que resultaba imposible no rendirse. Y sin embargo, lo hizo. Se negó. Porque le dio miedo. Miedo de que aquella sucesión de hechos, tan natural como si fueran dictados por el destino, la arrastrara sin remedio. Miedo de que todo no fuera más que una ilusión.
Ina yacía en la cama, abrazada a su almohada. En la mano apretaba la tarjeta que le había dado Chaekyung.
—¿Qué hago…? ¿Qué hago…?
Dos palabras impresas con elegancia: Lee Chaekyung. Solo pensarlo bastaba para que su rostro se dibujara con nitidez. Su piel blanca, con un leve tinte rosado. El cabello corto, ondeando levemente con la brisa del aire acondicionado. Los ojos alargados y tranquilos. Y bajo ellos, pupilas azuladas, centelleantes. La miraba con calma, con ella reflejada en sus ojos, mientras entrelazaba sus dedos con los suyos y sonreía.
—Ah…
Solo evocar esa sensación le erizaba la piel. Observó su propia mano, la que sostenía la tarjeta, como si no le perteneciera. La acarició con lentitud, recorriendo la palma entera, sintiendo el eco del contacto. Entre sus dedos, imaginó los de Chaekyung. Imaginó su risa resbalando entre los huecos, tibia, inconfundible.
Una mujer hermosa.
Ina cerró los ojos. Había pensado en ella todo el día. Se dejó llevar por esa corriente suave y cálida, y así, sin darse cuenta, se hundió en el sueño.
Era un sueño difuso, lejano.
Una figura sentada frente a ella la atrajo despacio, acomodándola sobre sus rodillas. Todo se veía borroso, como si sus ojos no pudieran enfocar. Las voces sonaban lejanas, envueltas en una niebla espesa.
No alcanzaba a entender las palabras, y aun así podía sentir que eran amables. Una mano apartaba con cuidado su flequillo, buscaba sus ojos, entrelazaba los dedos con los suyos. El perfume, tan familiar, le rozaba la nariz y la envolvía. Sin pensarlo, rodeó el cuello de esa persona y apoyó la cabeza en su hombro.
La mano que antes la acariciaba por la cintura subió lentamente por su espalda. La yema de los dedos recorrió su hombro, los omóplatos, la curva delicada de su silueta. Entonces, al llegar al oído, murmuró algo. No entendió lo que decía. Pero su cuerpo lo comprendió: se estremeció al instante, como si aquella frase invisible se hubiera deslizado por la piel.
Las caricias bajaban despacio, no eran lascivas, pero se enredaban con una intimidad suave, persistente, casi húmeda. Ina alzó la vista. La mujer del sueño sonreía. Le acariciaba la mejilla con la misma ternura con que se tocan los pétalos de una flor. Era como estar completamente sumergida en un baño tibio llamado “afecto”. Se sintió empapada en él. Y desde esa calidez flotante, abrió los ojos.
Despertó al amanecer. Parpadeó un par de veces, y solo entonces comprendió que todo había sido un sueño. Que la mujer en ese sueño… era Chaekyung.
La oscuridad aún llenaba la habitación, pero los primeros rastros de luz se filtraban como hilos de seda. Reinaba un silencio absoluto, como si el mundo entero contuviera la respiración. Alargó la mano y tomó el celular. La tarjeta de Chaekyung, aún en su poder, le parecía ahora una llave. Una puerta entreabierta hacia otro mundo. A la tenue luz de la pantalla, empezó a marcar su número.
Tenía miedo. Temía que fuera una elección equivocada. Pero más que eso… quería conocerla mejor. Si la rechazaba, todo terminaría ahí. Ya no podrían llegar a construir nada más.
Era una relación que solo podía continuar si Ina tomaba la decisión.
Después de enviar el mensaje, su teléfono no tardó en sonar. Cuando deslizó el botón verde, una voz familiar se escuchó al otro lado. Una voz que apenas lograba distinguir en sus sueños, pero que ahora resonaba con claridad junto a su oído.
3. Conocerse
—Me alegró que respondieras tan rápido.
—¿Tan rápido…?
—Claro. Tomar la decisión de confiar en alguien no es fácil.
Chaekyung llevaba el cabello recogido. Ina escuchaba su voz mientras sentía el aire cálido y pegajoso del verano. Observaba su cuello blanco y liso, y los mechones sueltos que se mecían con la brisa. El aire que flotaba llevaba el olor del verano.
Caminaban rumbo a la tienda. Esta vez, era Ina quien llevaba el portavasos con café. Se sentía pesado. Al acercarse a la entrada, Chaekyung negó con la cabeza y señaló otra puerta. La tienda estaba a oscuras.
—Hoy está cerrado. Es por acá.
Ina la siguió. Abrieron una puerta en la planta baja y entraron. Subieron por las escaleras hasta el tercer piso. Allí, Chaekyung ingresó un código en un panel antes de abrir otra puerta.
El piso era de mármol. Frente a ellas, había una puerta de vidrio. Era un mundo completamente desconocido para Ina. Chaekyung entró y una bocanada de aire fresco la envolvió.
—Puede que esté un poco desordenado —dijo Chaekyung.
Pero no era cierto. El lugar estaba impecable. El suelo de mármol relucía, las paredes eran de tonos pastel, las puertas de un marrón claro. Un gran espejo se extendía a lo largo del pasillo.
Al final del pasillo, a la izquierda, se abría una amplia sala de estar conectada a la cocina. Más allá, dos puertas enfrentadas permanecían cerradas.
En lugar de dirigirse al salón, Chaekyung condujo a Ina hacia otra habitación abierta al lado opuesto.
Era una habitación amplia y oscura, perfumada con un difusor sobre una repisa que esparcía un suave aroma floral.
Había una cama frente a un ventanal que daba al balcón, con sábanas, cobijas y fundas blancas resplandecientes. Una cómoda de madera, una mesa, un sofá de tela marrón, una butaca individual de cuero, y una alfombra de lana gruesa.
Los muebles eran de estilos distintos, pero combinaban de forma extrañamente armoniosa. Una lámpara de pie en la esquina emitía una luz suave y cálida. La luz del sol se colaba por debajo de las cortinas marrones, que no cubrían del todo la ventana. Y quizá, al observar la habitación, se entendía por qué: dejaban entrar justo la cantidad de luz necesaria para dar paz al corazón.
Ina sintió que entendía por qué Chaekyung la había traído ahí.
—Siéntate —dijo ella.
Chaekyung le indicó a Ina que se sentara en el sofá de tela. Ina se acomodó con cuidado frente a él, mientras Chaekyung arrastraba la butaca de cuero y se sentaba. Luego sacó las bebidas del portavasos que Ina había traído, insertó una pajilla y colocó una frente a ella. Ina le agradeció con una voz suave. Chaekyung respondió con una sonrisa.
Sobre la mesa había varias hojas de papel tamaño A4. Ina ladeó ligeramente la cabeza, sin entender. Chaekyung le extendió las hojas junto con una pluma estilográfica.
—Hoy, vamos a conocernos mejor —dijo Chaekyung con el tono de una maestra. Hablaba con naturalidad, como si fuera a guiarla durante todo un proceso que estaba por comenzar. —¿Puedes escribir algo sobre ti?
—¿Sobre mí?
—Sí.
Ina pensó que Chaekyung parecía muy madura al hablar con ese tono sereno, sin mostrar ni la más mínima alteración. En cambio, ella misma se sentía tan nerviosa que pensaba que iba a colapsar. Pero Chaekyung era como un río tranquilo, sin una pizca de tensión en su voz o su rostro.
Tomando la pluma con cierto recelo, Ina empezó a escribir. Aunque era su primera vez usando una estilográfica, el sonido rasposo contra el papel le resultó agradable, y pronto se acostumbró. Mientras escribía, podía ver a Chaekyung del otro lado de su campo visual.
Ella sorbía su americano con la pajilla, se arremangaba un poco la camisa, se recostaba en el apoyabrazos con la barbilla en la mano, o tarareaba mientras cruzaba las piernas. Siempre con una sonrisa suave en el rostro.
—¿Estás de buen humor? —preguntó Ina en voz baja.
—Claro, es que me escribiste tú, Ina —respondió Chaekyung con una sonrisa.
Ina se sonrojó al instante y agachó la cabeza. Le resultaba extraño, vergonzoso y a la vez conmovedor que alguien pudiera alegrarse tanto solo por haber recibido un mensaje suyo.
Finalmente, Ina le entregó la hoja. Chaekyung comenzó a leer con atención lo que ella había escrito:
Yoon Ina. 20 años. Universidad A, carrera de Lengua y Literatura Coreana. Número de identificación. Número de teléfono. Padre: abogado. Madre: médica. La menor de tres hermanos, con un hermano mayor y una hermana mayor…
La frente de Chaekyung se frunció ligeramente.
—¿Ina?
—¿S-sí?
Chaekyung dejó caer la hoja sobre la mesa, casi como si la arrojara.
—¿Crees que esto es una entrevista de trabajo?
La pregunta la hizo con calma, pero con una expresión ligeramente frustrada. Parpadeó lentamente y apartó el flequillo de su frente con un suspiro apenas audible. Esa sola acción bastó para poner a Ina más nerviosa. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas, y jugaba con sus dedos, apretándolos y soltándolos sin cesar.
—Entonces… ¿qué… qué es lo que quieres que ponga?
—¿Cómo crees que es tu personalidad, Ina? ¿Qué te gusta hacer? ¿Tienes alguna habilidad especial?
Ese tipo de cosas. No los datos formales que uno pondría en una hoja de vida, sino algo realmente personal. Algo que dijera quién era ella en verdad. Eso era lo que Chaekyung esperaba. Ina rebuscó en su cabeza, como si intentara rascar algo escondido en lo más profundo.
—Me gusta dormir… y leer. Supongo que escribir es algo que se me da bien. Mi personalidad… soy tímida, común, algo tonta… sin mucha voluntad, y no soy realmente buena en nada…
Chaekyung no dijo nada. Fue un momento incómodo, como si en vez de describirse hubiera terminado confesando una lista de inseguridades. En medio del silencio, Chaekyung finalmente habló.
—¿De verdad piensas eso de ti?
Sus palabras fueron como una flecha, certeras y sin adornos. Ina tragó saliva. Era lo mismo que había escuchado toda su vida. Que era débil, que no tenía iniciativa, que no servía para nada… Por suerte era una chica, decían, y que bastaba con entrar a una buena universidad y casarse con alguien decente.
—…La verdad, no estoy segura —respondió con la voz temblorosa—. No sé bien quién soy.
En ese momento, el sonido de una pajilla absorbiendo los restos del café llenó el aire.
—¿Has tenido pareja antes? —preguntó Chaekyung de repente.
Ina, con los ojos un poco enrojecidos, asintió en silencio. La expresión de Chaekyung cambió levemente, como si no lo hubiera esperado. Antes de que pudiera hacer otra pregunta, Ina se adelantó.
—Terminamos… hace unos días.
—…Lo siento.
Ina negó con la cabeza rápidamente. Chaekyung apretó los labios, como arrepentida de haber preguntado.
—La verdad es que… creo que ni siquiera me gustaba tanto. Fueron los mayores quienes empezaron a empujarme a salir con él. Todo se dio tan rápido… Pensé que tal vez, si salía con alguien, yo cambiaría un poco…
—¿Quieres cambiar?
Ina abrió los ojos con sorpresa. No era que deseara ser otra persona exactamente. Simplemente… no le gustaba ser quien era. Siempre le decían que era linda, pero ella no sentía que tuviera nada especial. Nunca había tenido una meta, ni una pasión. Nunca había deseado algo con fuerza.
Y ahora, esa pregunta tan sencilla había tocado una parte de ella que no sabía que necesitaba responder.
Chaekyung pareció interpretar la reacción de Ina como una señal afirmativa. Con tranquilidad, sacó otro documento de debajo de la mesa y lo colocó frente a ella.
—La razón por la que te hice todas esas preguntas… fue para entender cómo te ves a ti misma antes de firmar el contrato —dijo.
El encabezado del documento decía:
Contrato Amo-Esclavo.
Debajo, se enumeraban la duración del acuerdo y diversas cláusulas. Chaekyung le hizo un gesto con la barbilla, como indicándole que lo leyera. Ina bajó la mirada y empezó a recorrer las líneas con calma. No encontró nada absurdo ni desmedido. Cuando terminó, levantó la vista, y Chaekyung le dio unos golpecitos al tablero de la mesa.
—El contrato duraría hasta que te gradúes de la universidad. Si lo haces en el tiempo regular, serían cuatro años.
Cuatro años. Un período que podía parecer largo o corto, según se viera. Firmar algo así tan de golpe la ponía nerviosa. Y aun así, una parte de ella sentía que, si era con esta persona, tal vez podría hacerlo. Quizá lo supo por su expresión, porque Chaekyung esbozó una sonrisa leve.
—¿Tienes miedo?
—¿Eh? …Un poco, sí.
—Estarás a salvo, Ina. Quiero que recuerdes esto: en cualquier momento puedes detener todo, solo con decirlo. Por eso, ahora vamos a definir una palabra de seguridad y un gesto de seguridad.
—¿Palabra de seguridad?
—Exacto. Si en algún momento dices esa palabra, todo se detiene al instante. Se acabó por ese día. No hay negociaciones, no hay preguntas.
La palabra “fin” la estremeció. ¿Y si al usarla, terminaba disgustando a Chaekyung? Ese pensamiento invadió su cabeza, y por los nervios, mordió su labio.
Chaekyung lo notó. Extendió la mano sobre la mesa y tocó la suya. Luego la tomó suavemente y la llevó hasta su mejilla. El gesto fue tan natural que Ina se sobresaltó. Intentó retirar la mano, pero justo en ese momento, sintió los labios de Chaekyung rozar sus dedos.
—Es un mecanismo de seguridad. No va a haber rencores, ni vamos a romper lo que tenemos. No tienes que temer.
Las palabras de Chaekyung se deslizaron como un conjuro, cálidas y serenas, acariciando sus dedos. No solo tranquilizaban: la atrapaban.
Y entonces, sus ojos —que hasta ahora no se habían cruzado realmente— se fijaron en los de Ina. Volvió a besar los nudillos de sus dedos.
—El principio y el final… están en tus manos, Ina.
El aliento que antes rozaba su piel se fue disipando. Y como si aquellas palabras murmuradas hubieran encantado su voluntad, Ina asintió.
La palabra de seguridad sería “rojo”. Si necesitaba que bajaran la intensidad, usaría “amarillo”. Y como a veces usarían antifaz o esposas, acordaron que el gesto de seguridad se definiría antes de cada sesión.
Una vez que escribieron esas condiciones en el contrato, Ina firmó en el espacio correspondiente. Se escuchó un clic cuando cerró la tapa de la pluma estilográfica.
Chaekyung tomó el contrato con una expresión satisfecha.
—Entonces, ¿pasamos al siguiente paso?
Sonreía desde el otro lado del contrato que se agitaba levemente en su mano.
—Desnúdate.
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