Su Yue se puso de pie. Su largo cabello negro, recogido, se agitó ligeramente con el viento. Su expresión era severa, con una autoridad que no necesitaba alzarse para imponerse. Con los labios apretados, sus ojos rojos recorrieron el lugar hasta detenerse, finalmente, en An Huai, que dudaba a unos metros de distancia.
—¿Quién puede decirme qué le pasó en el cuello?
Era una pregunta, sí. Pero su mirada estaba fija en An Huai, directa, helada. El tono era tan frío que parecía capaz de congelar el aire. An Huai sintió un escalofrío involuntario.
Desvió la mirada con rigidez. Sus dedos se tensaron tanto que casi perforaban la tela del vestido. Se mordió el labio inferior, negándose obstinadamente a hablar.
Maldición… ¿desde cuándo un simple omega podía ejercer tanta presión? ¿Y por qué Su Yue resultaba tan intimidante?
El silencio se alargó. Al ver que An Huai pretendía seguir callando, un miembro del equipo se acercó con discreción y murmuró al lado de Su Yue:
—Su Yue… fue An Huai. Dijo que así sería más realista… y… también le lanzó una piedra antes de entrar en escena.
Vaciló un segundo antes de continuar:
—Le dio en la frente.
Era el fotógrafo encargado de grabar los momentos tras cámaras. En esos días había registrado cada interacción entre Gu Yu y Su Yue… y se había convertido en un ferviente seguidor de la pareja.
An Huai le lanzó una mirada cargada de resentimiento y humillación, pero aun así no mostró intención alguna de disculparse.
—¿Ah, sí?
Su Yue soltó una risa baja. La furia en sus ojos se intensificó, como llamas a punto de prender.
Lin Shuo frunció el ceño, creyendo que aquello escalaría. Abrió la boca, pero no llegó a intervenir.
Sin embargo, lo que nadie esperaba ocurrió.
Su Yue soltó una risa fría… y, en lugar de avanzar hacia An Huai, regresó junto a la chica de cabello claro. Se inclinó y la alzó con una delicadeza que contrastaba por completo con la tensión del ambiente.
Gu Yu rodeó instintivamente su cuello, sorprendida de que la levantara frente a todos.
—…¿Su Yue? —susurró.
Aún tenía la garganta irritada por la tos.
Sin decir nada, Su Yue la llevó hacia el interior. Gu Yu suspiró para sí y terminó ocultando el rostro en el pecho de la otra, evitando las miradas del equipo.
Ella era alfa ante el público… y ahora la estaban cargando como si fuera frágil.
Qué vergüenza.
El fotógrafo, en cambio, reaccionó al instante y capturó la escena sin perder tiempo.
Gu Yu tiró levemente de su ropa para indicarle que ya estaba bien. Su Yue avanzó unos pasos más antes de dejarla sentada con cuidado.
—Ahora viene mi escena. Descansa un momento.
Su voz era suave, sorprendentemente calmada.
—No tengas miedo… espérame un poco.
Había una firmeza tranquila en ese tono. Una promesa.
Gu Yu, al mirarla a los ojos, sintió que el nerviosismo se disipaba poco a poco.
Su Yue le entregó un vaso con té floral. El aroma delicado se elevó en una ligera bruma.
—Gracias —murmuró Gu Yu.
Su Yue sonrió. Y al girarse hacia el director, su expresión volvió a endurecerse.
—Director. Quiero empezar mi escena ahora.
Fría. Controlada.
La rabia seguía allí, contenida bajo la superficie.
—…De acuerdo.
Lin Shuo apagó el cigarrillo y dio la orden. El equipo retomó posiciones.
An Huai también subió al escenario, aunque con evidente vacilación.
Había esperado un enfrentamiento abierto. Un escándalo. Algo que pudiera usar en su favor.
Pero Su Yue… estaba demasiado tranquila.
¿Acaso no le importaba tanto Gu Yu como aparentaba?
Se lo preguntó en silencio.
Su Yue se apoyó contra una columna, brazos cruzados, la espada en reposo. Parecía casi adormecida, ajena al bullicio.
Entonces:
—¡Acción!
Sus ojos se abrieron de golpe.
La mirada roja se volvió afilada, precisa. Como un halcón lanzándose sobre su presa.
Y esa presa era An Huai.
Su Yue desenvainó y avanzó con velocidad limpia, certera. Sus movimientos eran exactos, fieles al guion… pero con una presión que no dejaba espacio para el error.
An Huai retrocedió.
Y volvió a retroceder.
Pero, curiosamente, Su Yue no dejó traslucir nada en su rostro. Continuaba actuando conforme al libreto, sin salirse del papel. Y aun así, en cada movimiento obligaba a An Huai a ceder terreno una y otra vez.
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Comentarios del capítulo "Capítulo 119"
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