—¿No andas en bicicleta? Creo que con eso ya es suficiente ejercicio. Cuando más adelante encuentres algo que realmente te guste, puedes aprenderlo —añadió Yan Xi.
—Está bien —Anzhi no tenía ninguna objeción—. ¿Y tú? ¿Volverías a entrenar boxeo en el futuro?
—Ahora casi no tengo tiempo.
—Mmm… creo que eres muy guapa y muy genial —dijo Anzhi, un poco avergonzada, llevándose la mano a la cara de forma inconsciente.
En la voz de Yan Xi se desbordó la risa.
—¿Más genial que el segundo tío y el tercer tío?
—¡¡¡Sí!!! —Anzhi asintió con fuerza. En ese momento lo entendió: con razón Yan Xi podía levantar a los gemelos, uno con cada mano.
—Ah, por cierto —dijo Yan Xi—, cómprame otra mica de vidrio templado. Hoy golpeé el celular y se le hizo una grieta.
—¿¡Eh!? ¡Si te acabo de comprar una! —exclamó Anzhi—. ¿Es grave?
—…No tanto. Es el del oso blanco, ¿no? El oso blanco… se le partió la cabeza…
Últimamente Anzhi estaba muy enganchada con Sumikko Gurashi. Es una serie de personajes creada por la empresa japonesa SAN-X: un grupo de animalitos introvertidos a los que les encanta quedarse en los rincones. Tienen todo tipo de productos derivados: libros ilustrados, peluches, juegos, estuches, y un sinfín de artículos.
Anzhi había comprado un montón de figuras, y casi toda su papelería y stickers eran de Sumikko Gurashi. Yan Xi, en cambio, tenía problemas para distinguirlos. Para ella, todos eran una pandilla de bolitas redondas y adorables.
—¿Este quién es? ¿El cerdito empanado?
—Ese es la cola de camarón frito, no el cerdo empanado.
—¿Y qué diferencia hay?
—¡Es obvio! ¡Tiene una cola de camarón en la cabeza!
—Ah…
—¿Este es un pingüino o el oso blanco?
—… ¡Ese es un gato!
—Este sí lo sé, ¿es una bola de arroz, verdad?
—Si se parece tanto y aun así no lo reconoces, entonces tú sí que…
Anzhi incluso cambió de forma bastante “autoritaria” la funda del celular de Yan Xi, y también le puso una mica de vidrio a juego.
Al principio, Yan Xi no terminaba de aceptarlo.
—Esto… ¿no es un poco inapropiado para llevarlo al trabajo?
Anzhi la miró con expresión inocente.
—¿Por qué sería inapropiado? ¿Acaso eres muy mayor?
Yan Xi: …
Anzhi siguió mirándola, con las mejillas rosadas como manzanas recién cosechadas, suaves y carnosas. Levantó la funda del celular frente a ella.
—¿No son adorables?
Yan Xi solo pudo aceptar en silencio.
Anzhi la observó sonriendo; sus hoyuelos se hundieron profundamente, como si estuvieran llenos de miel.
Yan Xi se rindió con resignación.
—Está bien… sí, son muy adorables.
Por el teléfono, la voz de Anzhi sonaba suave y dulce.
—Recién comprada y ya la golpeaste… la mía sigue intacta.
Yan Xi entornó los ojos.
—Sí, fue culpa mía por descuidada.
Era Liao Chengyu, ¿no? La persona que chocó con ella en la entrada del ascensor.
—¿Yan Xi?
Él también la reconoció.
Se disculpó y dijo que la compensaría. Yan Xi sonrió y dijo que no hacía falta.
Charlaron un poco. Decían ser compañeros de trabajo, pero en realidad casi no habían hablado antes. Solo intercambiaron algunas frases de cortesía: que el clima estaba mal, que cómo estaba la comida del comedor, si ya había comido… Yan Xi se despidió primero, con la sensación de que él aún la miraba desde atrás.
Tal vez porque la hermana Zhou le había dicho esas cosas antes, Yan Xi se sentía algo incómoda por dentro.
—Entonces compraré varios más —la voz de Anzhi la sacó de sus pensamientos.
—Está bien.
Mantuvieron la llamada abierta durante mucho tiempo sin darse cuenta.
—Mi celular se está quedando sin batería. Voy a cargarlo y todavía tengo que trabajar un rato más.
—De acuerdo… —Anzhi colgó una vez más, un poco a regañadientes.
En realidad, rara vez hablaban por teléfono durante tanto tiempo. Anzhi siguió mirando las fotos y, tras pensarlo un poco, tomó varias con su propio celular para guardarlas. Solo entonces, satisfecha, bajó el álbum para devolverlo a su lugar.
La casa antigua era demasiado grande. Cuando estaban los gemelos y los abuelos Yan, resultaba bastante animada. Pero hoy, con todos fuera, el silencio se volvía casi inquietante. Además, la tía Xin estaba en el primer piso.
Quizá debería haberle hecho caso a Yan Xi y pedirle a la tía Xin que durmiera con ella esa noche.
Anzhi descartó la idea de inmediato. Ni ella misma sabía por qué, pero sentía que… ya se había acostumbrado a dormir sola. O mejor dicho, se había acostumbrado a dormir con Yan Xi. Solo con ella.
Anzhi quedó absorta, con un pensamiento sutil y difuso, aún sin forma, como la brisa matinal rozando los pétalos de una flor recién nacida, ligera y etérea. Antes de que pudiera atraparlo, ya se había desvanecido.
Llamaron a la puerta.
Anzhi fue a abrir. La tía Xin le había calentado un vaso de leche y también le trajo un termo con agua caliente, además de pastelitos de judía roja, galletas de queso y otros snacks.
Tras darle algunas indicaciones y pedirle que se acostara temprano, la tía Xin bajó de nuevo.
Anzhi cerró la puerta y miró el celular.
Apenas pasaban de las ocho de la noche…
La noche se hacía interminable.
Por suerte había traído la tablet de casa. Anzhi entrecerró los ojos y sonrió con picardía.
Cuando estaba en primaria, Yan Xi le tenía estrictamente limitado el tiempo de ver televisión y usar la computadora: no podía pasar de una hora al día.
—Pero mis compañeros… —protestó Anzhi una vez, de manera tímida. Como todos los niños, tenía un corazón ansioso por crecer y no le gustaba que le dijeran que esto no se podía y aquello tampoco.
—Tus compañeros son mayores que tú. Además, antes de los doce años los ojos todavía están en desarrollo; si no tienes cuidado, es muy fácil volverte miope.
Anzhi seguía inconforme. Yan Xi le acarició la cabeza y dijo solo una palabra:
—Obedece.
Y Anzhi no tuvo más remedio que obedecer.
No fue hasta que entró a primero de secundaria que le permitieron usar el celular, para facilitar las llamadas.
Al fin y al cabo, Anzhi aún era pequeña y sentía un enorme entusiasmo por las cosas nuevas. Usaba el celular a escondidas para jugar y ver series; en las vacaciones de verano incluso se obsesionó con Detective Conan, por eso tomó el libro que Da Pang le había prestado.
Justo esa mañana había querido recuperar el libro para devolvérselo a Da Pang, pero no sabía por qué no lo había encontrado.
Un poco extraño…
Anzhi se tomó la leche. Después de bañarse, mordisqueando una galleta, sostuvo la tablet y siguió viendo Conan. Cuanto más miraba, más miedo le daba, así que se subió a la cama y se acurrucó bajo las mantas.
Le envió un mensaje a Yan Xi:
—¿Hacemos videollamada?
Yan Xi respondió:
—¿???
Luego otro mensaje:
—¿Estás otra vez leyendo? ¿Da Pang te dio otro libro?
Antes de que Anzhi pudiera contestar, Yan Xi volvió a llamarla.
Anzhi apretó los labios y sonrió.
—¿Ya cargaste el celular?
—Fui a pedir prestada una batería portátil —respondió Yan Xi—. ¿Qué estás haciendo?
—Viendo Conan. Da un poco de miedo… el asesino no se ve, solo se le ven los ojos…
Yan Xi dijo con algo de resignación:
—Si te da miedo, no lo veas. Luego no te atreves a dormir… —del otro lado se escuchaba música de fondo.
Anzhi escuchó con atención; era una pieza instrumental.
—Si no veo nada, no sé qué hacer… —Anzhi frunció los labios—. No hay nadie con quien hablar, la tía Xin ya se fue a dormir. Y no traje libros… y los libros que tienes tú tampoco dijiste que pudiera leerlos.
Al principio Anzhi no lo había sentido como algo importante, pero mientras hablaba, de pronto le nació una sensación inexplicable de agravio.
Yan Xi guardó silencio unos segundos, suspiró suavemente y, con un dejo de disculpa, dijo:
—Taotao, entonces… ¿te acompaño a ver una película?
A Anzhi se le aguzaron los oídos.
—¿Una película? ¿De esas que a ti te gustan mucho?
—Sí, de esas.
En la computadora de Yan Xi había un archivo con las películas que le gustaban. Anzhi siempre había sentido curiosidad; Yan Xi le había dicho que podría verlas cuando fuera mayor.
Anzhi se animó enseguida. Siguiendo las indicaciones de Yan Xi, encontró el archivo y abrió la película “Little Miss Sunshine”.
Fijó la tablet al costado de la cama, tomó una almohada para apoyarse la espalda y encendió el altavoz del celular.
Las calles estaban llenas de agua, la ciudad entera iluminada por luces frías y silenciosas; la lluvia caía con un murmullo constante. Veían la película juntas. Aunque Yan Xi no estuviera a su lado, no se sentía diferente.
Era como si siguiera acompañándola.
Al inicio, los personajes fueron apareciendo uno tras otro; la música de fondo era la misma pieza que Anzhi había escuchado antes del lado de Yan Xi. Cuando salió en pantalla la niña regordeta, con enormes gafas y un vientre redondeado, Anzhi sonrió:
—Qué linda.
Yan Xi rió suavemente. Sí, era muy linda. Pero la Anzhi de cuando era pequeña lo había sido aún más.
El tío que había intentado suicidarse le confesó con franqueza a la niña por qué lo había hecho: se había enamorado de un alumno de su mismo sexo. La persona que amaba no solo no lo correspondía, sino que se enamoró de su rival profesional. Y eso no era todo: ese hombre consiguió a la persona que él amaba y también obtuvo todo el reconocimiento en su campo. Él perdió su trabajo, perdió a la persona que amaba; intentó suicidarse y ni siquiera lo logró.
El pecho de Anzhi subía y bajaba levemente, y una sensación de tristeza se alzó en su interior. Yan Xi permaneció en silencio, sin emitir ningún comentario.
No fue hasta que el abuelo le dijo a su nieto de 15 años que se acostara con chicas menores que él cuanto antes —porque en unos años sería adulto y acostarse con chicas menores sería ilegal— que Yan Xi no pudo evitar decir: «No escuches esto…» cuando el abuelo usó un lenguaje extremadamente vulgar y obsceno.
—Mmm—, asintió An Zhi, pero luego preguntó con curiosidad: —¿Entonces tienes que tener relaciones sexuales con alguien cuando cumples quince años?
—¡Cof, cof! —dijo Yan Xi con rapidez—. ¡No, claro que no! Eso solo puede hacerse cuando uno es adulto. Y, antes que nada, tienes que entender que no es algo que deba hacerse a los quince años. Es algo que solo puede pasar con alguien a quien quieres. Además, si alguna vez alguien te dice cosas así, tienes que decírmelo de inmediato, o decírselo a un profesor. ¿Entendido?
Anzhi asintió y se rascó la mejilla, como si entendiera solo a medias.
Ella no sabía que, del otro lado, Yan Xi soltaba un largo suspiro. Ese era justamente el punto que más le preocupaba: crecer tenía muchas partes incómodas, pero todas eran cosas que debían conocerse.
—Este abuelo parece un poco lamentable —dijo Anzhi—. ¿Cómo puede decirle esas cosas a su nieto? Además es muy lascivo, mira revistas pornográficas y hasta consume drogas.
Yan Xi no dijo nada. A la edad de Anzhi, probablemente aún no entendía que las personas eran complejas, que no se podía juzgar a alguien solo por una faceta de su comportamiento; con el amor ocurría lo mismo.
Yan Xi solo sonrió levemente y la dejó seguir mirando.
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