A principios de septiembre, las semanas de la moda de primavera/verano fueron inaugurándose una tras otra. Liu Yiyi estaba tan ocupada que no daba abasto: volaba de un lado a otro entre Nueva York y Milán, veía desfiles, asistía a fiestas, hacía compras, se reunía y coordinaba con socios conocidos, y además planificaba el espacio publicitario de una marca pequeña y de nicho. Cada año, enero-febrero y septiembre-octubre eran sus cuatro meses más intensos; ya estaba acostumbrada a ese ritmo y, lejos de verse agotada, cuanto más trabajo tenía, más radiante estaba. Hermosa como una rosa en plena floración.
Lo que más la hacía feliz era que Yan Yixi por fin le respondía los mensajes.
El año anterior, cuando se vieron, ella misma le había instalado WeChat en el teléfono. Desde entonces, sin fallar ni una comida, le mandaba audios a la mañana, al mediodía y a la noche. Tal vez no soportó su bombardeo y, de vez en cuando, contestaba con cosas como: “Buenos días”, “Ya comí”, “Gracias”.
Ahorro máximo de palabras.
Pero Liu Yiyi con eso ya estaba satisfecha.
Si al menos aceptara la ropa que ella le compraba… Siempre andaba con lo mismo: camisa, pantalón de vestir y zapatos planos sin cordones. Más sobrio, imposible.
Ay…
Quería acostarse con él.
En medio del caos, Liu Yiyi se tomaba un respiro, abrazaba el celular y se quedaba embobada mirando fotos de Yan Yixi en su álbum.
El teléfono vibró: llegó un mensaje nuevo en WeChat.
No esperaba que fuera de Anzhi. Se rió y le mandó un audio:
—Uy. Pequeña Anzhi, ¿extrañaste a tu tía Liu?
El cumpleaños número veintisiete de Yan Xi cayó justo un viernes. Como siempre, volvió a la casa antigua para acompañar a los abuelos todo el día. La tía Xin le preparó expresamente un cuenquito de fideos de la longevidad y, mientras Yan Xi comía, seguía murmurando al lado:
—Que estés sana, que estés bien, que tengas paz…
—No trabajes tanto.
—Mm… ya eres un año mayor. Ya podrías traer un novio a casa.
Yan Xi no quiso contrariar la buena intención de los mayores; solo alzó la mirada con resignación, sonrió y no dijo nada.
La tía Xin siguió:
—Ustedes, los más jóvenes… dan demasiada preocupación. Tus hermanos mayores ya tienen hijos de más de diez años, ¿y ustedes…? No se ve ni la sombra de una pareja.
Yan Yixi estaba sentado, impasible como siempre. Todo tema que no le interesaba no le entraba en los oídos. Liu Yiyi miró su perfil y pensó que hasta esa “tabla” se veía especialmente bien ese día.
Ah… seguía queriendo acostarse con él.
Ni siquiera estaba prestando atención a lo que decía la tía Xin.
El único que sí reaccionó fue Yan Yinan, que estaba ahí comiendo de rebote. Con la boca llena, levantó la mano:
—¡Tía Xin! ¡Yo, yo, yo! ¡Yo tengo novia!
Sacó el celular, abrió WeChat y lo mostró.
—Mire. Es una enfermera nueva de nuestro servicio: piel blanca, hermosa, piernas larguísimas…
La tía Xin le dio un manotazo con fastidio.
—¡Y tú todavía te atreves a decirlo! ¿Cuánto te duró la anterior? ¿Y ahora ya tienes “nueva amiga”? ¿Puedes ser un poco más serio y dejar de perjudicar a chicas decentes?
La tía Xin les dio un sermón a todos por turnos. Cada uno tenía su forma de sobrevivir: silencio + sonrisa + cambiar de tema. Los hijos de la familia Yan tenían una virtud: aunque por dentro no coincidieran con los mayores, por fuera siempre eran respetuosos y escuchaban la “lección” hasta el final.
En cuanto Anzhi entró por la puerta, la tía Xin se detuvo de golpe y fue a hablar con ella.
Los tres soltaron aire al mismo tiempo. Por suerte había alguien más pequeño que servía de escudo.
Se reunieron alrededor de la mesa para acompañar a los abuelos a comer algo sencillo. Los abuelos eran prácticos: el regalo de cumpleaños fue un sobre rojo con dinero. Los dos hermanos mayores hicieron lo mismo. Enviaron sobres rojos por WeChat, sin mucha “intención”.
La única que sí se esmeró fue Liu Yiyi: le regaló un set de La Mer y labiales de Tom Ford.
A Yan Xi nada de eso le importaba demasiado. Para ella, lo importante era que la familia pudiera comer junta.
Cuando terminaron de comer y se quedaron conversando, Liu Yiyi se llevó a Anzhi hacia afuera.
Le pasó una cajita fina y delicada.
—Lo que querías.
Anzhi la recibió, feliz.
—Gracias, tía Liu. Yo también hoy recibí el premio de la competencia. Toma.
Sacó del bolsillo unos billetes rojos y se los dio.
Liu Yiyi suspiró y los aceptó, sin poder con ella.
—Te dije que conmigo no hace falta ser tan formal… qué bebé más terca. Yo podría comprarle a tu tía otros accesorios también.
—Ya me conseguiste precio interno. Yo quiero que el regalo para la tía Yan Xi sea algo que yo haya ganado con mi esfuerzo —Anzhi abrió la caja y miró con cuidado—. Tía Liu, ¿crees que a la tía Yan Xi le va a gustar? Esto no debe ser oro puro, ¿no? ¿No se oxidará?
—Esa marca suele usar plata como base y luego un baño de distintos metales. No es oro puro, pero tampoco se va a oxidar. Tranquila.
—Mm… es que sus anillos, sus aretes y sus collares son preciosos. Yo compraría todo… siento que a la tía Yan Xi le quedarían increíbles. Pero es demasiado caro…
Liu Yiyi le preguntó, curiosa:
—¿No te dan bastante dinero de bolsillo? Podrías comprarlo…
Anzhi sonrió con timidez.
—Eso me lo da la tía Yan Xi… Yo quiero usar dinero que yo haya ganado para comprárselo.
Liu Yiyi no entendió, en el momento, cuál era la diferencia.
—…Qué linda. Bueno, entra y dáselo.
A Anzhi se le encendieron las mejillas sin explicación.
—D-después…
Liu Yiyi la vio meterse de nuevo en la sala, como un animalito tímido, y se quedó pensativa. Algo en esa escena le sonó raro…
La tía Xin estaba más parlanchina que nunca esos años, y al tenerlos a todos reunidos, no podía contenerse. Al poco rato, Yan Yinan y Yan Xi ya no pudieron más: cada uno inventó una excusa y, con Anzhi de por medio, se escaparon.
Yan Yinan se sentó al volante. Yan Xi llevó a Anzhi al asiento trasero.
Liu Yiyi se armó de valor y fue a agarrar a Yan Yixi para hablarle. Los demás los miraban, divertidos.
—¿Vienes con nosotros? Vamos a salir.
—Yo vuelvo a la universidad.
—¿A esta hora todavía vuelves?
—Hay datos que hoy tengo que terminar de revisar sí o sí.
—…Bueno.
Yan Yixi, cero romántico, se dio media vuelta y fue hacia su auto.
—¡Mañana voy a verte a la universidad! ¿Sí? ¡Si no se puede mañana, pasado! ¡Yixi! —gritó Liu Yiyi.
Yan Yixi ni se dio vuelta.
—…Pasado.
Liu Yiyi se quedó mirando su espalda: recta, firme. La camisa algo ajustada marcaba la forma en “V” invertida.
Sexy.
Ay, ¿cuándo iba a poder acostarse con él?
Casi se le hacía agua la boca.
Yan Xi asomó la cabeza por la ventana del auto.
—¿Vienes o no? Si no vienes, nos vamos.
Liu Yiyi recién ahí subió.
—¿A dónde vamos?
—A la casa de Xiao Wu —dijo Yan Yinan—. En el camino compramos asado, ¿sí? Casi no comí nada.
En el segundo piso de la casa de Yan Xi, desparramaron todo lo que habían comprado. En la cocina, Anzhi preparaba agua de limón con menta.
Yan Yinan encendió la computadora, eligió un programa de variedades sin pensar demasiado, prendió el proyector y empezó a comer. Liu Yiyi llamó a Yan Yixi: una llamada de cinco minutos en la que prácticamente habló sola. Luego miró la espalda de Anzhi cortando limas y le dijo, sonriente, a Yan Xi, que acababa de entrar tras estacionar:
—Qué niña más hacendosa. Perfecta para ser “novia criada en casa”.
Yan Xi traía una bolsa de latas de cerveza. Le dijo a Liu Yiyi sin miramientos:
—No te quedes parada. Ve a ayudar y trae vasos.
—¡Claro! Tan amable y tan adorable… ¿no es perfecta para ser “novia criada en casa”? Yan Xi, que Da Pang o Xiao Pang se casen con Anzhi… así el “agua buena” no se va con extraños…
Liu Yiyi subía las escaleras con los vasos, sin dejar de hablar.
—Cada vez dices más disparates… Te dije que no bromearas con Taotao.
—Ya, ya… no digo más.
Anzhi, con una jarra de agua de limón y menta en las manos, se quedó detrás.
—…
Bajó las pestañas. Sentía algo raro en el pecho.
El olor de la parrilla les abrió el apetito: el marisco estaba fresco, la carne picante y estimulante, las verduras ricas. La cerveza helada y el agua de limón con menta los dejaban felices.
La resistencia de los jóvenes a ese tipo de cosas, probablemente, era negativa.
Anzhi no soportaba el picante fuerte, así que solo comió alitas “poco picantes” que habían pedido especialmente para ella, pan asado y champiñones. Los adultos tomaban cerveza; ella bebía limonada. El programa de variedades era ruidoso. Estaban sentados en la alfombra con el aire acondicionado encendido, charlando.
Y aun así, Anzhi estaba contenta. Se le hundían los hoyuelos todo el tiempo.
No evitaban hablar de ciertos temas por ella. A veces soltaban chistes subidos de tono, casi siempre de la boca de Yan Yinan y Liu Yiyi. De vez en cuando, Yan Xi desviaba el tema.
Las latas vacías empezaron a apilarse. Los tres tenían bastante aguante. Anzhi miró a Yan Xi: su rostro claro ya estaba teñido de rubor, el cabello largo y ondulado estaba recogido de forma floja, con mechones sueltos. Le dieron ganas de ayudarla a acomodarlo.
Quizá Yan Xi notó esa mirada, porque se giró.
—¿Qué pasa?
Anzhi apartó la vista, un poco avergonzada, y negó con la cabeza.
Yan Xi pensó que no era nada, tomó el vaso de Anzhi y se bebió un gran trago de limonada.
Anzhi se quedó mirando el vaso, atónita. Sus mejillas se tiñeron de rosa sin poder evitarlo.
—Pequeña Anzhi… —la llamó Liu Yiyi. Con el alcohol, sus ojos brillaban más. En tono burlón, preguntó—: ¿Cuándo le vas a dar tu regalo a tu tía Yan Xi?
—¡Qué adorable! ¿Qué regalo es? —preguntó Yan Yinan.
—Shh… no puedo decirlo. Si lo digo, ya no es sorpresa.
—¿Eh? ¿Qué es? ¡Sácalo, queremos ver!
Anzhi había pensado dárselo a Yan Xi cuando terminaran de comer y esos dos se fueran a sus casas. Que de pronto lo sacaran en la conversación la dejó sin saber qué hacer. Y al ver a Yan Xi mirándola con una sonrisa curiosa y un toque de sorpresa, se puso todavía más roja.
—¡Jajajaja! Viéndote así, yo pensaría que es una carta de amor. Mira, cuando una chica me da una carta de amor también pone esa cara —se burló Yan Yinan, riéndose.
El corazón de Anzhi dio un salto.
Liu Yiyi le lanzó una mirada de reproche.
—¡Qué narcisista!
Yan Xi notó que Anzhi estaba incómoda y estaba por decir algo, cuando sonó el teléfono.
Bajó la vista al nombre en pantalla y frunció ligeramente el ceño, confundida. Como arriba había demasiado ruido, bajó al primer piso para contestar.
La mirada de Anzhi la siguió… y cuando volvió en sí, vio a Liu Yiyi observándola como si estuviera pensando algo.
…
Liu Yiyi sonrió de repente.
—Pequeña Anzhi, ¿tienes curiosidad por saber a qué sabe la cerveza?
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