Para los jóvenes, la etapa de la secundaria no suele estar cargada de preocupaciones por crecer o por cosas más desagradables. El cielo es siempre azul, las nubes blancas; hay brisas frescas, flores perfumadas, mochilas pesadas, montones de deberes… y esos sentimientos confusos y primerizos.
Muchos años después, cuando Anzhi recordara ese momento, habría un instante en el que desearía que el tiempo se hubiera detenido allí, en su segundo año de secundaria, y no hubiera seguido avanzando. A los trece, tenía a su buena amiga Yang Mengmeng a su lado, había llegado a cierto entendimiento con Chen Muqi y, además, ese año era el más libre que había tenido Yan Xi. Los fines de semana o en los feriados cortos, la llevaba a pasear. A veces incluso llevaba también a Yang Mengmeng. Y como la “madre” más comprensiva del mundo, incluso las ayudaba a pedir permiso en el colegio para que no tuvieran ninguna preocupación.
Yan Xi era, sin duda, una compañera de viaje ideal. Siempre preparaba todo con antelación: investigaba rutas, organizaba planes, viajaban ligeras, con dinero suficiente; si algo les gustaba, lo compraba sin dudar. Era generosa, y además les sacaba fotos tan bonitas que superaban cualquier app de edición.
Yang Mengmeng ya estaba completamente conquistada por Yan Xi, convertida en una pequeña fan incondicional.
Ese período fue, sin duda, el más feliz de los doce años de vida de Anzhi. Una vida estable pero emocionante. Los estudios no le suponían ninguna dificultad, tenía amigas, y sobre todo tenía a Yan Xi a su lado. Todo estaba en una fase de brote, confuso pero tierno. Los días parecían grabados con un filtro de luz suave: brillantes, hermosos, sin necesidad de comprender nada a toda prisa, simplemente viviendo un año feliz.
Al comenzar tercero de secundaria, todo el grado entró en modo preparación intensiva para los exámenes. Para Anzhi, que ya había terminado de aprender los contenidos de los libros, lo que más la entusiasmaba era que por fin empezaban a estudiar química.
La química era la asignatura que le había enseñado su abuelo. Recordaba las rimas que él había creado para memorizar la tabla periódica. Para la mayoría de sus compañeros, el objetivo era simplemente ingresar a un buen instituto, pero Anzhi no pensaba así. Ella quería entrar en la mejor universidad de química de Beicheng, una de las mejores escuelas de ciencia y tecnología del país: la Universidad Politécnica de Beicheng.
De pequeña había oído a su abuelo contar que, en su época, no tuvo la oportunidad de seguir estudiando; solo cursó un técnico y luego fue asignado a dar clases en la secundaria del pueblo. Aunque podía mantener a la familia, siempre había sentido cierta pena por no haber llegado más lejos.
Anzhi quería cumplir el sueño de su abuelo.
Por eso, aunque ya dominaba los contenidos del libro, se hacía planes semanales, seguía el horario escolar, resolvía cuadernos de ejercicios y exámenes de las materias principales para hacer una revisión completa de fundamentos. El resto del tiempo lo dedicaba a ampliar conocimientos de química. Cada semana estaba llena, intensa, rebosante de energía.
Ese año, a los veintisiete, Yan Xi recibió un gran giro en su carrera. En respuesta a una iniciativa del Ministerio de Cultura, el canal educativo-cultural y el de variedades de la televisión de Beicheng decidieron lanzar una serie de programas culturales y científicos que promovieran la poesía clásica, los modismos y la cultura de los caracteres chinos. La dirección lo valoró mucho y confió el proyecto a un equipo joven y entusiasta.
Uno de los directores era Liao Chengyu, quien propuso utilizar presentadoras jóvenes, con buena imagen.
Tras discutirlo, el equipo decidió adoptar un formato de doble conducción femenina. Yan Xi fue una de las elegidas.
Era una oportunidad profesional extraordinaria. El programa se emitiría en horario estelar y, al tratarse de un concurso universitario, requería una enorme preparación previa: producción, conducción, patrocinadores, coordinación con universidades, permisos, invitación de jueces… Cada etapa era compleja y ninguna podía descuidarse.
Yan Xi se mudó a los apartamentos de la televisión y envió a Anzhi a vivir al antiguo hogar familiar. Coincidía, además, con su tercer año de secundaria, así que también había que cuidar especialmente su alimentación.
En primavera, Xiao Yutong quedó embarazada por segunda vesz. Fue un embarazo inesperado y fuera de la política vigente; para poder tenerlo, Yan Yidong presentó informes, pagó la multa correspondiente y recibió una sanción que le impediría ascender durante al menos tres años.
Aun así, toda la familia Yan esperaba con ilusión al nuevo bebé. Los gemelos revoltosos fueron enviados a un internado militar de régimen cerrado. La tía Xin se dedicó por completo a cuidar a Xiao Yutong durante el embarazo, y también a Anzhi.
Toda la familia estaba llena de alegría, esperando que fuera una niña.
—No sé qué pasa con la familia Yan —murmuraba la tía Xin—. Cuatro generaciones y solo la quinta es una niña… ojalá este también sea una nena.
Xiao Yutong se sentía muy bien.
—Es muy tranquila, ni siquiera tengo náuseas. Seguro que es una niña —dijo sonriendo.
Embarazada, irradiaba una ternura maternal especial. Sonreía con suavidad y decía:
—No es solo Xiao Wu, Anzhi también es una niña de nuestra familia Yan.
—¡Claro, claro! —respondió la tía Xin, feliz—. ¡Con otra más serán tres!
Era la primera vez que Anzhi vivía tan de cerca un embarazo. Xiao Yutong tenía ya seis o siete meses; su vientre redondeado parecía una pelota. Se le hinchaban los pies y caminar le cansaba, pero aun así paseaba a diario por el jardín, hablándole al bebé, leyéndole libros, siempre con una sonrisa. Era amable con todo, nunca se enfadaba.
Una vez, Anzhi sintió una patada clara del bebé en la palma de su mano.
La vida era algo asombroso. Ese niño aún no nacido ya era protegido y esperado por todos.
Anzhi no pudo evitar pensar: trece años atrás, cuando ella estaba en el vientre de Tao Zhenzhen, ¿habría alguien que la acariciara así? ¿Habría sentido alegría por sus movimientos? ¿Habría alguien esperado su llegada?
Pensarlo más no servía de nada. Anzhi se quedó vacía.
En la casa antigua nadie reparó en sus pensamientos. Vivía lejos de la casa de Yang Mengmeng, y sus padres no le permitían visitarla. Yan Xi estaba demasiado ocupada para atenderla.
Había crecido un año más, y frente a todos, excepto Yan Xi, siempre se comportaba de forma impecable.
Durante casi todo el primer semestre de tercero, Anzhi vivió en la casa antigua, y el tío Wang la llevaba y traía. Yan Yixi regresaba una o dos veces al mes para ver a los abuelos y cocinar algo especial para ella. La mayoría del tiempo, Anzhi estaba sola: comía, dormía, estudiaba, navegaba por internet. Lo único que esperaba cada día era la llamada de Yan Xi.
Los fines de semana, a veces Yan Xi volvía y a veces no. De día no era tan duro, pero de noche la casa era demasiado silenciosa. Anzhi estudiaba sola en el tercer piso y llamaba a Yan Xi cada día. A veces ella estaba en reuniones nocturnas, tan cansada que su voz sonaba ronca y baja.
Pero Anzhi necesitaba oírla. Le contaba cosas triviales: compañeros distraídos en clase, el vientre de la tía Xiao creciendo poco a poco, las rupturas amorosas de Yan Yinan, o rumores de que Yan Yixi y la tía Liu estaban empezando a salir (información no confirmada).
Le contaba que memorizaba el “Memorial para el envío de tropas” con Yang Mengmeng en el campo deportivo, que su primera clase de química había sido la última de la tarde, produciendo oxígeno; que como líder del grupo había conseguido obtenerlo con cinco métodos distintos. Descubrió que amaba la química. Tras limpiar cuidadosamente los instrumentos y escribir el informe, se quedó sola en el aula. Al salir, se giró: el atardecer cubría el laboratorio de un silencio dorado.
Sintió una luz de orgullo que la estremeció.
Tenía tantas cosas que quería contarle… pero era solo por teléfono, y Yan Xi claramente estaba agotada, escuchándola con esfuerzo.
Poco a poco, Anzhi empezó a decir menos. A reprimir sus ganas de llamar. Incluso cuando lo hacía, hablaba poco y colgaba rápido para que ella descansara.
—Cuando pase este periodo, ya no estaré tan ocupada. Sé buena, Taotao —decía Yan Xi.
Fue entonces cuando Anzhi empezó a leer novelas en línea. Aprendió mucho de Yang Mengmeng, sobre todo aquella frase:
—Ah, entre chicas se llama “baihe”… aunque yo no lo leo mucho. En Jinjiang también hay.
Anzhi guardó esa frase en su corazón, cerrada con llave, sin atreverse a comprobarla.
Con cautela, empujó apenas la puerta de ese mundo. Solo una rendija. Estaba tan nerviosa que le temblaba el corazón. Abrió unos cuantos libros al azar… y descubrió que no podía leerlos.
Quizá aún no estaba preparada.
Sus pensamientos se volvieron pesados. Por la noche le costaba dormir, incluso en la cama de Yan Xi, que ahora solo conservaba el aroma del sol. Aunque usara los mismos productos, no era lo mismo sin ella a su lado.
Recordó cuando era pequeña y Yan Xi le leía cuentos y poemas de Tagore para dormirla.
Incapaz de conciliar el sueño, se sentaba a estudiar. A veces, con el cuello cansado, levantaba la vista y solo la luz del patio la acompañaba.
“¿Sabes que siempre, al caer la tarde, entre la sombra de los libros, en esa tristeza serena, es cuando más te extraño?”
Leyó esa frase en un libro. Sintió mil emociones que no podía expresar.
Sacó hojas en blanco de cuando practicaba caligrafía y comenzó a copiarla, carácter por carácter, una y otra vez.
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Comentarios del capítulo "Capítulo 41"
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