Anzhi estaba empapada en sudor. Buscó por todas partes y no encontró la bicicleta. Tenía el pecho apretado, incómodo. El sol ya estaba por ponerse, pero el aire seguía pesado, sofocante, como si no corriera ni una pizca de viento.
Ya era tarde. Tenía que volver.
No le quedó otra que rendirse, con el corazón hecho trizas. Esa bicicleta se la había comprado Yan Xi. Se secó las lágrimas; había llorado tanto que no dejaba de jadear.
Esperó un rato el autobús, pero no llegó ninguno, así que se volvió caminando.
Un trayecto que en bici solía tomar media hora se le hizo interminable a pie. Por suerte, conocía bien el camino. Pero a medida que avanzaba, las piernas se le aflojaron, como si pisara algodón. El mundo empezó a encenderse y apagarse frente a sus ojos. Parpadeó. Un segundo veía el paisaje con los últimos reflejos del sol. Al siguiente, todo quedaba cubierto por una capa verdosa. Caminó a duras penas, sin poder recuperar el aliento. Le zumbaban los oídos. Y, de pronto, esas sombras y luces se convirtieron en una pantalla llena de puntitos blancos, como nieve.
Anzhi sintió que estaba sufriendo un golpe de calor. Apretó los dientes, obligándose a no desmayarse. Quiso apurar el paso hacia casa, pero tenía los pies blandos, el pecho oprimido y ganas de vomitar; la vista se le iba y volvía en destellos. Con muchísimo esfuerzo, llegó al complejo residencial y, finalmente, a la casa de Yan Xi.
Se apoyó en la puerta, temblando, y sacó la tarjeta de acceso. Ya no le quedaba fuerza. Estaba a punto de llamar a alguien cuando escuchó voces seguidas: era Yan Xi, hablando con urgencia a otras personas.
—Voy a salir a buscarla otra vez. Yiyi, tú ve a la comisaría. Tía Liu, quédate en casa y espera…
Y entonces la voz se cortó de golpe.
Anzhi iba a decir que ya había vuelto…
—¡Anzhi! —se oyó el grito de la tía Liu.
Anzhi se aferró a la puerta para no deslizarse al suelo. De repente, alguien le sujetó el brazo. Un aroma familiar se le acercó. Un abrazo suave la envolvió, primero con cuidado y luego con fuerza, permitiéndole dejar caer todo su peso en ese pecho.
—Tía… —a Anzhi le ardieron los ojos. —La bici… la bici se perdió…
—Tao… Tao…
—¡Ay, rápido, métanla! Tiene la cara hasta verdosa, esto es un golpe de calor…
El mundo de Anzhi se apagó del todo. Solo alcanzó a oír esas dos frases.
Liu Yiyi también estaba asustada. Llevaba más de una hora acompañando a Yan Xi a buscar a Anzhi, sin poder localizarla. Habían recorrido la zona de la escuela. Por suerte, Anzhi regresó por su cuenta, pero llegó blanca como el papel y se desmayó casi sin hablar.
Ahora estaba recostada en el sofá del salón. Le dieron medio vaso largo de agua con sal, y la abuela Liu le abanicaba suavemente.
—No pasa nada, no pasa nada… que duerma un rato… pobrecita…
Liu Yiyi miró los ojos de Anzhi, hinchados de tanto llorar, y se le encogió el corazón.
Justo ella y Yan Xi estaban hablando de llevar a Anzhi a comer algo para animarla antes del examen. En camino a la escuela, Yan Xi recibió una llamada de una compañera de Anzhi.
En cuanto Yan Xi escuchó, se le cambió la cara.
Luego el móvil de Anzhi no daba tono. En la escuela no la encontraron. Yan Xi condujo, dio vueltas por toda la zona, y hasta le pusieron una multa. El policía, tras escribirla, alcanzó a decir:
—Eh… ¿usted no es la…
Yan Xi, sin expresión, le soltó dos palabras:
—Mucho gusto.
Y arrancó.
Liu Yiyi miró a Yan Xi: tenía la mirada baja y fija, sin apartarla ni un segundo de Anzhi.
Yan Xi se acercó y le dijo a la tía Liu:
—La llevo a su habitación. Dormirá mejor.
Dicho eso, se inclinó. Con una mano ayudó a Anzhi a incorporarse y apoyar la cabeza en su hombro; con la otra, pasó por debajo de sus muslos. Se inclinó hacia su oído y le susurró, muy suave:
—Taotao…
Anzhi estaba dormida, pero como si la hubiera sentido, levantó las manos para aferrarse a su cuello. Yan Xi la sujetó con más firmeza y, con un leve esfuerzo, la alzó en brazos de forma segura.
El movimiento fue continuo, natural, impecable. Liu Yiyi se quedó mirándola, boquiabierta.
Cuando Anzhi era pequeñita, Yan Xi la cargaba todo el tiempo. Liu Yiyi lo había visto mil veces y siempre le pareció una escena cálida y tierna. Pero ahora Anzhi tenía trece años y medía un metro sesenta. A los trece seguía siendo una niña para ellas, sí, pero… pero…
Yan Xi era alta, de piernas largas, con ese aire de mujer madura y elegante. Y Anzhi era adorable, suave, pequeñita en sus brazos. Y encima… era la típica forma de cargar a una princesa.
La imagen… le pareció un poco…
¿Ambigua?
Solo pensar esa palabra le dio vergüenza.
Liu Yiyi sacudió la cabeza con fuerza. “¿Qué estoy pensando?” Miró a la tía Liu: estaba tan tranquila, como si fuera lo más normal del mundo, siguiéndolas y murmurando:
—Despacio, despacio… que duerma primero… tengo una papilla en la cocina, luego que tome un poquito…
Liu Yiyi volvió a sacudir la cabeza, intentando expulsar ese pensamiento.
—Maldito Jinjiang… me está arruinando —murmuró entre dientes.
Aún estaba abajo negando con la cabeza cuando Yan Xi bajó con el rostro frío y le dijo:
—Ven conmigo.
—¿A dónde?
—A buscar a Tao Zhenzhen.
—¿Eh?
Liu Yiyi ni siquiera llegó a reaccionar. Ya estaba de vuelta en el coche y Yan Xi condujo como si el acelerador fuera un botón de emergencia.
Liu Yiyi revisó varias veces el cinturón, agarrada al asa superior.
—E-espera… más despacio, más despacio… ¡la policía, la policía!
Media hora después, frente a un edificio en un complejo residencial, Liu Yiyi se apoyó en la puerta del coche y casi vomitó.
Esa mujer… había conducido una hora de camino como si fueran treinta minutos.
—¿Y tú cómo sabes que vive aquí? —preguntó Liu Yiyi al fin, recuperando el aliento. Sacó un espejito para arreglarse: se veía pálida.
—Me lo dijo una vez. Lo que no sabía era en cuál edificio —respondió Yan Xi, sacando el móvil para llamar. Le hizo a Liu Yiyi un gesto de “espera”.
Y entonces miró a Yan Xi de reojo. Sus pestañas largas sombreaban la mirada. Su rostro estaba tranquilo… pero Liu Yiyi tuvo la sensación clara de que estaba furiosa.
Y eso era lo aterrador.
Porque, siendo sincera, Liu Yiyi nunca había visto a Yan Xi enfadarse. Ni una sola vez. Yan Xi era amable, pero no una persona que se dejara pisotear: era una suavidad pulida, contenida. Mientras nadie cruzara su límite, no levantaba la voz.
Pero en ese instante… el ambiente daba miedo.
—Espera… ¿tú ya sabías que había vuelto al país?
—Yo quería que Tao Zhenzhen esperara a que Taotao terminara el examen para verla, por eso no se lo dije a Taotao… Estos días le pedí al tío Wang que la llevara y la trajera, pero no sabía que hoy saldrían temprano.
El viento desordenó el pelo de Yan Xi. Ella se lo apartó con la mano y miró hacia un punto.
Liu Yiyi siguió esa mirada y vio a una mujer acercándose. Esa era la madre biológica de Anzhi. La que la había hecho sufrir así.
Era, en efecto, una belleza: esbelta, delicada, caminando con gracia.
—¿Yan Xi? —Tao Zhenzhen se detuvo frente a ella. Miró a Liu Yiyi y frunció levemente el entrecejo.
Yan Xi fue directa, con el rostro helado:
—No voy a alargar esto. No estoy de acuerdo con que vuelvas a ver a Taotao.
Tao Zhenzhen frunció más el ceño. Respiró hondo.
—Yan Xi, te agradezco que la hayas cuidado tantos años, pero de ahora en adelante…
Yan Xi la interrumpió.
—No tienes que agradecerme. No lo hice por ti, lo hice por Taotao.
Con dos frases ya había chispas en el aire. Liu Yiyi, en silencio, dio un paso atrás y cruzó los brazos.
Tao Zhenzhen bajó un poco la cabeza; en los labios se le dibujó una sonrisa amarga. Murmuró:
—Taotao…
Luego levantó la vista.
—Ese apodo se lo puso mi padre a Anzhi… Parece que ustedes se quieren mucho.
Yan Xi respondió con frialdad suave:
—Lleva más de siete años conmigo.
Las dos, curiosamente, no notaron nada raro en esa frase. Liu Yiyi, en cambio, se quedó con los ojos como platos, ladeando la cabeza.
“Esa frase… sonó rarísima…”
Tao Zhenzhen suspiró.
—Hoy solo fui a verla. Claro que espero que viva conmigo. Quiero compensarla.
—¿Compensarla? —Yan Xi no parpadeó—. Bien. Te pregunto: si te la llevas, ¿ya lo hablaste con tu esposo? ¿Tu casa tiene una habitación para ella? En unos meses va a nacer tu otro hijo, ¿qué pasa con Taotao? ¿Cómo garantizas que no la vas a relegar? ¿Piensas mandarla a un internado? ¿Sabes a qué instituto quiere postular? ¿Sabes qué universidad quiere? Responde esas preguntas ahora y entonces consideraré si, siquiera, vale la pena hablar de que viva contigo.
A Tao Zhenzhen le tembló el entrecejo. Aquella batería de preguntas parecía haberla irritado. Su tono se endureció:
—Yan Xi, ella es mi hija. ¿Por qué necesito tu aprobación?
—¿Ah, sí? —Yan Xi curvó apenas los labios—. Vaya. Entonces sí te acuerdas.
…
Liu Yiyi soltó el aire en silencio. Qué tensión… Y, de forma extraña… le pareció hasta “adictivo”. ¿Qué clase de sensación era esa?
—¿Y si ella quiere venir conmigo? —Tao Zhenzhen la miró fijamente.
Yan Xi no dudó ni un segundo.
—Entonces tampoco lo permito.
—¿Con qué derecho?
—Con el derecho de esos siete años a mi lado. Ahora mismo aún me escucha. Y si no me escucha… puedo denunciarte.
Las cejas de Tao Zhenzhen saltaron con fuerza.
Liu Yiyi sintió hasta que le dolían los dientes de la tensión.
Yan Xi siguió, fría y metódica:
—Tú y Chen Muqi nunca se casaron, y Taotao lleva tu apellido. En términos estrictos, tú eres su primera tutora legal. Pero durante años desapareciste por completo. Ni una sola llamada. Chen Muqi, en algo, al menos te supera: sí pagó la manutención estos trece años. Y yo puedo considerarme su madre de crianza. No soy experta en leyes, pero si consigo un buen abogado, tengo un noventa por ciento de posibilidades de denunciarte por abandono. Y aunque, por casualidad, no ganara ese caso, con tu situación actual, el tribunal no necesariamente te dejaría seguir como tutora. Podría dársela a Chen Muqi. Y Chen Muqi ya tiene un acuerdo tácito conmigo: él confía en que yo cuide a Taotao. Taotao se quedará conmigo. Así que, Tao Zhenzhen… fuimos compañeras de clase. Hoy te lo digo formalmente: aléjate de Taotao. No te permito volver a verla.
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ShadowTP
Uff Yan Xi 😍 así se habla ❤️ hay el amor 🤭