Cuando Yan Xi llevó a Anzhi a casa cargándola en la espalda, ya estaba tan cansada que no le salía la voz. Descansó un rato y recién entonces fue a comer algo. Anzhi también comió un poco con ella.
Yan Xi, cuando estaba agotada, hablaba con la voz algo ronca, pero seguía siendo muy suave. Intentó sacar temas ligeros: dijo que quizá había dejado de ejercitarse y que tendría que retomar el hábito de correr largas distancias. Luego le insistió en que se tomara la papilla y la medicina. Dijo que, si era un resfriado común, no le habría gustado llevarla al hospital, pero con fiebre no se podía jugar, menos cuando faltaban apenas un par de días para el examen. Y habló de otras cosas.
Anzhi la miró y pensó que casi nunca la había visto perder el control. Yan Xi siempre tenía el ritmo justo. Sabía apretar y aflojar. Era fría cuando hacía falta, serena ante cualquier problema, y siempre encontraba una solución lo antes posible. Desde aquella vez, cuando era niña y Da Pang tuvo una alergia, Anzhi lo tenía claro: Yan Xi podía estar ocupada, podía cansarse, podía sentir que no lo estaba haciendo perfecto… pero no se quejaba ni culpaba a nadie.
—¿Se perdió tu bicicleta? ¿Te compro otra? —preguntó Yan Xi.
Ella siempre respetaba la opinión de los demás y cuidaba sus emociones.
Anzhi negó con la cabeza. No sabía si era por esa etapa de su infancia tan inestable y errante, pero Anzhi tenía una especie de obstinación con las cosas que consideraba suyas. Era terriblemente nostálgica. Si tenía una cosa, no quería otra. No era por avaricia, sino que era por apego.
—Está bien… entonces no pensemos en eso. Ve a dormir —dijo Yan Xi.
Y no la interrogó, como siempre: delicada, considerada. La mandó a descansar.
Ya acostada, Anzhi recordó que Yan Xi no era alguien incapaz de perder la calma. La primera vez que Anzhi huyó de la casa antigua, aquella vez que terminó frente a una tienda de conveniencia, Yan Xi sí se había desesperado. En ese entonces, Anzhi era pequeña y estaba atrapada en sus propias emociones; ahora, al volver sobre ese recuerdo, podía verlo con claridad. También aquella vez en cuarto grado, cuando Anzhi se escapó de clase y no volvió a casa a la hora, Yan Xi se había puesto nerviosa.
Y ayer, justo antes de desvanecerse, en ese abrazo firme… Anzhi percibió con claridad que el aroma de Yan Xi era el de alguien que estaba verdaderamente asustada.
Mientras masticaba esos recuerdos una y otra vez, Anzhi sintió, sin darse cuenta, un leve dulzor.
Y además…
Últimamente, Anzhi pensaba a menudo en aquel beso en la frente, cuando tenía poco más de nueve años. Yan Xi no era de contacto físico; su cercanía se limitaba a los abrazos. No era como Liu Yiyi, que había vivido en el extranjero; ni como la tía Xiao o la abuela Xin; ni como Yang Mengmeng, que cuando se alegraba abrazaba y besaba a la gente sin pensar.
Cuando era pequeña, Anzhi había visto muchas veces a Da Pang y Xiao Pang pedirle besos a su tía, y ella los apartaba de un manotazo. A veces, Liu Yiyi bromeaba con besarla también, pero solo podía hacerlo si la agarraba desprevenida.
Anzhi recordaba que ese día ella estaba preocupada por su estatura, sentada en las piernas de Yan Xi, mientras Yan Xi la consolaba. Le dijo que no pasaba nada si tardaba en crecer, que quería poder abrazarla unos años más… y entonces su frente sintió un roce muy suave, como si algo blando la hubiera tocado.
Fue tan rápido que Anzhi llegó a pensar que lo había imaginado.
Solo esa vez. Nunca más.
Con el tiempo, Anzhi incluso dudó si su memoria no le habría jugado una mala pasada… y aun así insistía, obstinada, en que aquello había ocurrido.
Yan Xi llenaba el hueco de ese amor femenino que Anzhi necesitaba para crecer. En otra persona se llamaría “mamá”, pero Anzhi se negaba a poner esa palabra sobre Yan Xi. Y era feliz porque Yan Xi tampoco parecía querer ese título.
Yan Xi siempre le decía: “Crece a mi lado”, “Quédate conmigo”, “Aquí es tu casa”. Nunca le exigía nada.
Como si, mientras ella estuviera, Anzhi no tuviera que preocuparse por nada. No tenía que explicar, ni justificar, ni cargar con nada: Yan Xi la protegería de cualquier manera. Estaría allí.
Anzhi se giró de lado y, con los dedos, rascó el borde bordado de la funda de la almohada. Su cama estaba pegada a la pared; durmió mirando hacia el muro, ligeramente encogida. Se tocó el pecho, donde el dulzor latía suave, y cerró los ojos como si sostuviera algo real entre las manos.
Y esa noche, por fin, durmió sin sueños.
Se despertó con la habitación bañada de luz. Un sol dorado, como de mandarinas maduras, llenándolo todo.
Anzhi se frotó los ojos, se levantó y se estiró. El cuerpo se le sentía mucho mejor; debía estar completamente recuperada. Se lavó la cara y salió al salón.
En el salón había estanterías en dos paredes: una iluminada por el sol, la otra en sombra.
Anzhi caminó hacia el balcón. La puerta estaba entreabierta. Yan Xi estaba inclinada, regando las plantas.
Como Yan Xi trabajaba mucho y Anzhi iba a la escuela, habían elegido flores fáciles de cuidar: gardenias y jazmines. En mayo, el jazmín florecía primero y las gardenias guardaban botones verdes. En junio, las dos flores blancas estallaban a la vez, llenando el balcón de un aroma limpio y cálido.
En las tardes de verano, el viento fresco entraba en el salón del segundo piso y la fragancia lo invadía todo, hasta las estanterías.
La gardenia era la flor favorita de la madre de Yan Xi. Anzhi sabía que Yan Xi casi no tenía recuerdos de su madre, que murió joven. Por eso cultivaba gardenias, y hasta sus perfumes eran de esa familia de aromas. Ese olor era un lazo íntimo entre Yan Xi y su madre… y desde que Anzhi era pequeña, Yan Xi se lo había contado, sin importarle que Anzhi también lo usara.
Yan Xi se veía recuperada. Parecía recién salida de la ducha. Su cabello largo, negro y ligeramente ondulado, caía por su espalda con brillo, todavía húmedo.
Estaba hablando por teléfono.
—No, gracias… gracias por llamar… Sí, quería pedir unos días… la niña no está muy bien… Sí, está en tercero de secundaria… sí, lo mencioné la vez que salimos a comer. ¿Se puede?… Gracias. Me salvaste… de verdad, gracias.
Anzhi se acercó. Yan Xi la vio y le sonrió.
—¿Ya despertaste? ¿Te sientes mal todavía?
Anzhi negó con la cabeza.
—Entonces vamos a desayunar y luego te tomo la temperatura otra vez. Hoy deja listos todos tus materiales: el comprobante, lápiz 2B, trae varias plumas de tinta negra, y hojas…
—Ya lo tengo todo preparado.
—Bien. Primero desayunamos y luego me dejas revisarlo.
El desayuno lo había hecho la abuela Liu: papilla de mijo con frijol mungo, youtiao y encurtidos caseros. La abuela ya se había ido temprano al mercado para conseguir los ingredientes de estos días.
—Pedí una semana de permiso. Durante el examen, yo te llevo y te traigo —le dijo Yan Xi.
Anzhi se alegró, pero también se preocupó.
—¿No pasa nada si pides tantos días?
Yan Xi sonrió y negó.
—Un amigo me hizo un favor. Le invitaré a comer para agradecerle.
Después de desayunar, se pusieron a ordenar. Yan Xi no quería que Anzhi hiciera nada, pero Anzhi había dormido mucho el día anterior y quería moverse un poco. Así que Yan Xi la dejó pasar la aspiradora en el salón mientras ella lavaba los platos en la cocina.
Un rato después, Yan Xi terminó y fue al salón para ayudar. Se acercó por detrás, miró sin querer… y se quedó helada un segundo.
—¿Taotao…?
—¿Mm…?
Yan Xi habló con calma, pero con una rareza en la voz.
—Ven conmigo.
En el baño del segundo piso, Yan Xi se quedó afuera, dejando la puerta entreabierta, mientras Anzhi estaba dentro.
—¿Entiendes cómo se usa? En el paquete lo explica.
Yan Xi inclinó la cabeza como para escuchar.
Casi se le olvidaba: Anzhi ya tenía trece años. Ya había crecido.
Yan Xi recordó su primera menstruación; fue la abuela Xin quien se lo explicó. En ese entonces se sintió incómoda, avergonzada. Anzhi probablemente estaba igual.
Por suerte, desde pequeña Anzhi había leído libros de salud y Yan Xi también se lo había explicado. Debería saber que era algo normal en las chicas y no asustarse, ¿no?
—¿Ya estás? ¿Necesitas que te ayude…?
—…No… ya está.
La puerta se abrió. Anzhi salió con la cara roja. Se había cambiado a unos shorts holgados. Sus piernas delgadas y blancas se quedaron rígidas, raras, como sin saber dónde ponerse.
—¿Te duele el vientre? —preguntó Yan Xi en voz baja.
—No… —respondió Anzhi, pequeñito.
—Qué bien. Ve a sentarte. Yo lavo el pantalón.
Anzhi se puso aún más roja.
—No hace falta, lo lavo yo.
Yan Xi le dio un empujoncito suave.
—Apenas te curaste del resfriado. No toques agua fría ahora.
—Tía… —Anzhi se sentía demasiado avergonzada.
Yan Xi soltó una risita.
—¿Y tú conmigo vas a ponerte tan formal?
Cuando Yan Xi terminó de lavar la ropa, encontró a Anzhi sentada en el sofá, aturdida, como si todavía no hubiera vuelto del todo.
—¿Qué pasa? —Yan Xi se sentó a su lado.
Anzhi bajó la cabeza. Hasta las orejas las tenía rosadas.
En los ojos de Yan Xi apareció una calidez evidente.
—Ya creciste. A partir de ahora, cada mes será así. No tengas miedo. En esos días no comas cosas frías y descansa bien.
Luego suspiró suavemente y añadió:
—Mala suerte que mañana sea el examen… pero no pasa nada. No te pongas demasiada presión. Tú puedes.
Anzhi soltó un “sí” casi inaudible. Sus hoyuelos se marcaron con timidez. De repente apoyó la cabeza en el hombro de Yan Xi.
Eso fue casi como hacer un puchero.
Yan Xi se quedó un poco inmóvil. Por reflejo levantó la mano y le acarició el cabello. El pelo de Anzhi era fino y suave como una nube.
Yan Xi la miró de perfil: mejillas rosadas como manzana, todavía con un aire infantil. Ojos almendrados, cejas finas, nariz redondita, no muy alta. Cuando sonreía se le arrugaba un poco, adorable. Se quedó apoyada en ella sin decir nada… y sus orejas se pusieron todavía más rojas.
¿De qué se estará avergonzando tanto?
Yan Xi sonrió y, sin pensarlo, le pellizcó suavemente la oreja.
—Ya. Yo voy a trapear. Tú quédate sentada. Puedes jugar un rato con el móvil.
Yan Xi se levantó.
Anzhi se enderezó, y cuando Yan Xi bajó, recogió las piernas y escondió la cara ardiendo contra las rodillas.
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