Se quedaron mirándose fijamente durante varios segundos.
Anzhi retiró las manos con las que le había rodeado el cuello a Yan Xi. Su carita blanca y redonda se le encendió de golpe. Abrió la boca como para decir algo, pero no le salió ninguna palabra.
Yan Xi seguía sorprendida y confundida, pero al ver cómo a Anzhi se le ponía la cara cada vez más roja, no pudo evitar reírse. Le pinchó el hoyuelo con un dedo.
—¿Qué te pasa? ¿Te da vergüenza después de besarme?
—Yo… yo… —La invadieron de golpe los nervios, la incomodidad, el pánico y la vergüenza. Anzhi ni siquiera se atrevía a levantar la vista.
Yan Xi pensó: “Esta niña cada vez está más vergonzosa”.
Le dio unas palmaditas en la cabeza. Iba a decir algo, pero Anzhi alzó la mirada hacia ella. Esos ojos limpios la miraron fijo.
—No quiero que estés triste…
La mano de Yan Xi seguía sobre su cabeza. Sus pestañas temblaron. Se quedó un momento perdida.
En realidad no estaba triste. Era… ¿cómo explicarlo? Ni ella misma sabía qué era esa sensación…
Vacío. Desorientación.
De pronto, sintió más peso en los brazos. Anzhi se inclinó otra vez hacia ella y hundió la cara en su hombro. Los brazos finos de la chica la abrazaron con fuerza.
La mano de Yan Xi se deslizó desde el cabello suave y sedoso de Anzhi. Ese abrazo era cálido, muy cálido. Cerró los ojos un instante.
Cuando Anzhi era pequeña, al abrazarla era como sostener un bultito diminuto, como una muñeca que solo tenía temperatura. Yan Xi siempre creía que seguía siendo esa niña chiquita… pero ahora había crecido. Su cuerpo era suave y perfumado, su aliento dulce como la miel. Yan Xi apoyó la palma en su espalda y le acarició despacio, con una ternura que se le notaba en cada movimiento.
Y eso la dejó un poco aturdida.
Anzhi se frotó contra su hombro y se deslizó un poco hacia abajo. Su cara rosada quedó apoyada junto al brazo de Yan Xi. Con los ojos húmedos, la miró en silencio.
Yan Xi bajó las pestañas y la sostuvo la mirada, naturalmente.
Ninguna de las dos habló.
Como si no hiciera falta.
Las yemas de los dedos de Yan Xi apartaron mechones de cabello y los peinaron con suavidad. Cuando Anzhi era niña y tenía pesadillas, solo podía dormirse si le tocaba la cabeza. Con el tiempo, ese gesto se les volvió costumbre: algo que existía casi sin necesidad de pensar.
Y, sin duda, era un gesto que daba paz.
Los párpados de Anzhi cayeron un poco.
Yan Xi la miraba desde arriba, así que notaba cada cambio sutil en su expresión. Como siempre: cuando era pequeña, bastaba con ese gesto para que le diera sueño al instante, para que se le cerraran los ojos como a un gatito recién nacido.
Yan Xi apartó su cabello, dejando al descubierto ese cuello blanco, largo y delicado, y esa orejita pequeña. Bajo sus pestañas negras, en sus ojos se reunió una luz tenue.
En todos esos años con Anzhi a su lado, el tiempo había sido tranquilo, y a la vez había pasado volando. En un parpadeo, Anzhi se había convertido en una chica preciosa.
La punta de los dedos de Yan Xi rozó su cuello: una franja de piel finísima, casi transparente, tibia. Debajo latía su pulso, su corazón estable.
Sin saber por qué, Yan Xi también se calmó.
La casa era grande. Sus padres habían elegido cuidadosamente la ubicación y la decoración. Tenía cuatro pisos y una terraza en la azotea. La habían preparado para una familia.
Pero ahora solo vivían allí ella y Anzhi. Y el espacio en el que realmente se movían era el primer y segundo piso, llenos de rastros de las dos, en cada esquina.
Yan Xi no se atrevía a imaginar lo que sería esa casa si no estuviera Anzhi. Si solo viviera ella… qué aterrador sería. Tal vez, si Anzhi no hubiera estado, otras personas habrían entrado en su vida. Pero eso era una suposición. Lo real era la chica que tenía en brazos.
¿Para qué dudar de sí misma? ¿Para qué perderse?
Quizá en el futuro amaría. Quizá no. Quizá seguiría sola, así, con esa misma soledad. No podía obligarse a aceptar algo a la fuerza. Pero, al menos en ese momento, no estaba sola.
Anzhi estaba ahí.
La chica que tenía entre los brazos estaba ahí.
En medio del silencio, con la noche profunda y un perfume tenue flotando en el aire, Anzhi se movió y se frotó los ojos. Alzó la vista y se encontró con la mirada de Yan Xi.
—Ve a dormir. Ya te está dando sueño.
Yan Xi la empujó con suavidad para que se sentara. Anzhi se puso de pie, todavía algo atontada, como si el cerebro se le hubiera enredado de golpe.
Yan Xi, al verla con esa expresión boba y adorable, se rió y le pellizcó la mejilla.
Anzhi parpadeó. Entonces sintió que Yan Xi “había vuelto”. Tenía en los labios una sonrisa suave, casi indulgente, mirándola como si la consintiera.
Indulgente…
La palabra se le cruzó por la mente y le dio más vergüenza.
Yan Xi vio que Anzhi se quedaba ahí sin moverse, y encima se le ponía la cara roja otra vez. Y, sin pensarlo, soltó una broma:
—¿Por qué no te vas a dormir? ¿Todavía quieres besarme otra vez?
Anzhi se encendió de pies a cabeza. No se esperaba que Yan Xi dijera algo así. Se quedó helada.
Algo le subió a borbotones por la sangre, algo empezó a romper tierra y a crecer con fuerza, y la Anzhi adolescente no tenía idea de qué hacer con eso. Se quedó clavada, con la cara ardiendo… pero con los ojos brillantes, extendiendo una llama inmadura, mirándola fijo, sin pestañear.
Esa mirada…
Yan Xi se quedó inmóvil un segundo. Tarde, como si recién entonces entendiera, sintió que lo que acababa de decir quizá no había sido apropiado. Pero lo percibió borroso, sin poder atrapar exactamente qué estaba mal.
Y antes de que pudiera pensarlo mejor, Anzhi se dio vuelta y salió corriendo hacia su habitación. Subió las escaleras a toda prisa y, con un “¡paf!”, cerró la puerta.
Yan Xi se quedó completamente confundida.
Se quedó de pie unos segundos, sin ideas. Recogió la lata vacía, se aseguró de que no había bebido de más…
¿Tal vez la broma había sido mala?
¿“Besarme otra vez”?
De pronto, Yan Xi se tocó la mejilla con la mano.
Apenas cerró la puerta, Anzhi se lanzó sobre la cama y se tapó la cara. Tenía ganas de gritar. Esa voz en su cabeza se hacía cada vez más fuerte; el corazón le golpeaba cada vez más duro.
Era la primera vez que sentía algo así. Un deseo que la cubría por completo.
No pudo con eso. Abrazo a su peluche, lo apretó contra el pecho y le dio un beso suave.
Esa noche casi no durmió. Entender lo que le estaba pasando por dentro la dejó temblando, sin descanso.
A la mañana siguiente fue a clases con ojeras. Se pasó toda la mañana ida, mirando al vacío, sin prestar atención a lo que ocurría alrededor.
Alguien le dio un toque en la espalda con un dedo.
Anzhi se sobresaltó, volteó… y lo primero que vio fue una melena negra.
¿Eh?
¿Xu Jia’er de verdad se había teñido el cabello de nuevo?
Esa persona sonrió, provocadora.
—¿Y? ¿Qué tal?
¿Qué tal qué?
—¿A que me queda increíble?
Anzhi torció la boca. Con una cara así, cualquier color le quedaba bien. Y el negro le daba un aire más sobrio, más elegante. Pero no iba a decírselo.
—Jefita… lo nuestro sigue en pie, ¿eh? —dijo Xu Jia’er—. Nos decidimos en el examen mensual.
Anzhi frunció el ceño.
—Pero ya te teñiste el cabello.
Xu Jia’er se tocó el pelo, como si recién cayera.
—…Ah, cierto.
A Anzhi se le escapó una risa. Esta chica también tenía su lado tonto.
—Entonces, si pierdes, me cumples una condición —añadió Xu Jia’er.
—¿…Por qué?
—Porque me teñí por ti, jefita. Me costó un montón. Hubo que decolorar y volver a teñir… me duele hasta la raíz del cabello todavía. —Xu Jia’er la miró con una sonrisa rara—. No eres tan cruel, ¿o sí?
Anzhi la miró fijo, sin decir nada.
—Aunque… yo tengo muchas posibilidades de ganar…
—¡Pues compitamos! —Anzhi infló las mejillas.
Hablaban lo bastante alto como para que los demás escucharan. Varios compañeros voltearon con curiosidad, y empezaron a apostar mentalmente por un bando u otro.
El día que salieron los resultados del examen mensual, muchos del salón de alto rendimiento escucharon con muchísima atención mientras los profesores leían las notas. Iban apuntando, materia por materia… pero no las suyas, sino las de las dos jefas.
Lengua. La pequeña jefa ganó por dos puntos: primer asalto.
Inglés. La subjefa ganó por tres: empate parcial.
Matemáticas. Puntaje perfecto las dos: empate.
Química. La pequeña jefa ganó por uno: segundo asalto.
Física. La subjefa ganó por uno: otra vez empate.
…
Pero, espera. ¿Contaban el total o contaban por materia? ¿Era una sola batalla o al mejor de tres?
Así comenzó oficialmente la guerra por el primer puesto entre la jefa y la subjefa. Los compañeros del salón de alto rendimiento pensaron que sería solo por ese examen mensual. No tenían idea de que, durante todo el primer semestre de primero, cada evaluación grande o chica sería igual.
Al final, hasta los profesores de cada materia se enteraron. Después de cada examen, incluso bromeaban:
—¿Y ahora quién ganó? ¿La jefa o la subjefa?
Un viernes por la tarde, después del examen mensual, hubo reunión de padres.
En el atardecer otoñal, en la cancha de básquet entre el edificio de aulas y la salida, Xu Jia’er estaba jugando. Los chicos del salón de alto rendimiento eran demasiado enclenques, así que ella se mezclaba con el equipo escolar para jugar después de clases.
Recibió el pase de un compañero, levantó el balón por encima de la cabeza, evaluó la situación y tomó una decisión en un instante: botó la pelota con rapidez, se coló en la zona, se elevó con un salto ágil y lanzó con fuerza.
La pelota entró limpia.
Era esbelta, sus movimientos eran fluidos, el cabello le volaba; su encanto andrógino se lucía al máximo. Tras anotar, sacó la lengua, traviesa y adorable.
A un lado se oían gritos de chicas.
En el instituto tecnológico, Xu Jia’er era una chica más popular entre las alumnas que cualquier chico.
Entonces, vio a Anzhi a lo lejos, cerca del pasillo. Apartó con un gesto a varias chicas que se le acercaban a hablar y caminó hacia ella.
—Jefita.
Anzhi la miró, resignada.
—A ver, dime. ¿Qué quieres que cumpla?
Xu Jia’er sonrió, como si nada la afectara.
—¿Sigues sin aceptarlo?
Anzhi se mordió el labio y enderezó la espalda.
—Dame tu WeChat, jefita.
Anzhi la miró de reojo, sin hablar.
—Pareces muy a la defensiva conmigo… jefita —Xu Jia’er la observó fijo—. ¿Por qué? Yo creo que somos iguales.
—¿Iguales en qué?
La sonrisa de Xu Jia’er no desapareció, pero su voz se alargó despacio, como si saboreara cada palabra:
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ShadowTP
Aaaaahh! Es tan emocionante este capitulo y más por lo que se viene 🤩