Las vacaciones de verano terminaron tal como estaba previsto. Ese año, Yan Xi no tuvo tiempo de viajar, y Taotao también detestaba el calor, así que estaba encantada de quedarse en casa.
Pero apenas llevaba unos días de flojera cuando Yan Xi la agarró y la obligó a hacer ejercicio.
Desde que le robaron la bicicleta, Taotao casi no había vuelto a andar en bici. Además, ella no era el tipo de persona a la que le gustara moverse. Si estaba de vacaciones, podía quedarse acurrucada en el sofá todo el día quieta. Y como ya no tenía clases, le encantaba quedarse en la cama por las mañanas para recuperar el sueño que le faltaba durante el año.
Yan Xi la arrastró a salir a correr de noche.
—Ven conmigo a correr.
—Mmm… —Taotao frunció los labios, sin ganas.
—En la preparatoria hay evaluación de educación física, ¿sabías? Te van a medir los ochocientos metros, abdominales y salto largo… Yo me acuerdo. ¿De verdad crees que así vas a poder? —Yan Xi le dio un golpecito en la frente.
—Mmm… —Taotao puso cara de sufrimiento—. Está bien…
Corrieron cerca del condominio. El canto de las cigarras en verano era tan denso que parecía pegarse a los oídos.
Taotao aguantó un rato y luego ya no pudo más. Tenía el flequillo empapado en sudor y respiraba con dificultad. Yan Xi se puso medio metro delante de ella.
—Respira más lento, parejo. No necesitas correr tan rápido. Ve con calma…
Taotao la siguió, jadeando.
—Mueve los brazos, sígueme. Aguanta un poco más… mira, hasta ese árbol y paramos.
Taotao apretó los dientes, clavó la vista en el árbol y no se permitió detenerse ni un paso. Cuando por fin llegó, soltó un grito de alivio, empapada en sudor. Estaba por agacharse, pero Yan Xi la sostuvo de inmediato.
—No te agaches. Ven, camina despacio.
Taotao, todavía sin aire, caminó arrastrada por ella. Tras un tramo, una brisa le dio en la cara y se sintió mucho mejor. Miró a Yan Xi a su lado: ella solo tenía un poco de sudor, como si no se hubiera cansado.
Encima, se burló:
—¿Y ya te cansaste así por correr un ratito?
Taotao, con el pecho ardiendo, hizo una mueca.
—¿No puedo entrenar después? No me gusta correr…
Yan Xi la miró con una sonrisa que no era del todo sonrisa.
—No. Y además vas a venir conmigo al gimnasio.
Taotao aulló:
—¡No quieroooo…!
El gimnasio estaba cerca. Taotao fue tocando todo con curiosidad, de un lado a otro. Yan Xi fue a tomar una clase de boxeo con un entrenador personal y la mandó a la caminadora.
Taotao corrió un rato, se quedó sin fuerzas y se escapó a mirar la clase de Yan Xi.
Yan Xi tenía sus manos blancas envueltas con vendas negras. Bajo la guía del entrenador, practicaba con la pera. A ojos de Taotao, era Yan Xi golpeando una bolita colgada, alternando golpes a toda velocidad con ambas manos.
Llevaba un top deportivo corto; mientras se movía, su cintura finísima se marcaba con dos líneas claras de abdomen, una mezcla perfecta de fuerza y belleza.
Después de la pera, saltó doscientas veces la cuerda. Luego se puso los guantes y entrenó con el coach. Jab con la izquierda, recto con la derecha, uno-dos, bloqueo, agacharse, esquivar.
Rápida, directa, una y otra vez, sin parar.
Tenía el cabello completamente recogido. Taotao había visto fotos de Yan Xi entrenando boxeo cuando era adolescente: en esas fotos se veía afilada, llena de energía. Pero nada se comparaba con verla en persona. Su rostro, con los años, se había vuelto más maduro y delicado. De por sí no tenía rasgos “agresivos”, sino suaves y elegantes. Sin embargo, cuando boxeaba, su cara no cambiaba… lo que cambiaba era la mirada y el aura, como si de un jarrón de jade sereno se disparara un destello helado.
Con cada exhalación corta, brillaba.
Taotao se quedó mirándola, completamente absorta.
En el ring, Yan Xi retrocedía, practicaba desplazamientos y juego de pies, coordinando todo con los movimientos de sus manos. La tela en su pecho se había humedecido en un punto, y su piel al descubierto tenía un brillo transparente de sudor.
Cuando descansó, Taotao se le acercó como una asistente fiel, con los ojos llenos de admiración, y le ofreció el termo. Yan Xi lo abrió, bebió unos tragos y le sonrió.
Taotao mostró sus hoyuelos, lista para ponerse de lamebotas y decirle que su tía era increíble y todo eso… pero recibió otro golpecito en la frente. Yan Xi la miró fija.
—Ve a la caminadora y corre media hora. Luego vienes a buscarme.
—Uuuh…
De regreso a casa, Taotao estaba tan cansada que ya no podía ni caminar, y aun así Yan Xi la jalaba mientras se reía.
—Hay que hacer ejercicio. No puedes convertirte en una ratoncita de biblioteca que solo sabe estudiar.
La verdad era que Yan Xi no dejaba de sorprender. No solo le gustaba el boxeo, también tenía otro hobby mucho más silencioso. La fotografía.
En el tercer piso de la casa había un cuarto entero para sus cámaras, sus fotos y libros especializados. También tenía revistas a las que estaba suscrita todos los meses, todos los años. Taotao sabía que Yan Xi fotografiaba a la familia, y también otras cosas, pero sentía que ese pasatiempo lo guardaba muy en secreto.
—¿En la universidad no pensaste en estudiar fotografía?
—Mmm… la verdad, no tengo talento para eso. Solo es un hobby.
—¿Y cómo sabes que no? ¿Puedo ver tus fotos? Aunque no entiendo mucho… —Taotao había visto las fotos que Yan Xi le había tomado a ella y a la familia: captaban a la perfección las expresiones, los rasgos, esa calidez cotidiana que se sentía como hogar.
Pero fuera de esas, Yan Xi no la dejaba ver más.
Yan Xi se aclaró la garganta.
—…No hay nada interesante.
Taotao creyó ver vergüenza en su cara y se divirtió todavía más.
—Tía, ¿has enviado fotos a revistas?
—Ejem… eso no es asunto tuyo. —Yan Xi desvió la mirada, fingiendo que hablaba de otra cosa.
—Ay, tía… —Taotao se rió, insistiendo—. ¿Te da pena? A que enviaste algo a escondidas y luego no te lo…
Yan Xi se levantó de golpe y le lanzó una mirada.
—¡Una niña no tiene por qué hablar tanto! ¡Ve a hacer tu tarea!
Taotao, feliz de haber visto a Yan Xi avergonzada, se tapó la boca y soltó una risita. Le pareció adorable.
Antes era demasiado pequeña para entenderla de verdad. Ahora, en cambio, cada vez sentía que Yan Xi era mejor, y más adorable. Una persona así… ¿con quién se enamoraría? ¿Cómo sería cuando amara a alguien? La persona capaz de pasar la vida con Yan Xi debía haber salvado al mundo en otra vida.
Taotao la miraba y, a veces, se reía sin razón. Otras veces, se ponía triste sin motivo. Le entraba una nostalgia rara, una sensación de vacío.
Durante las vacaciones, Taotao fue un tiempo a la casa antigua. El hijo menor de la cuñada mayor de los Yan ya tenía más de un año. Era muy tranquilo, con labios rojos y dientes blancos, tan bonito que parecía una niña. Se llamaba Yan Jun. Taotao le decía “Junjun”, y al final todos terminaron llamándolo igual.
La cuñada se rió:
—A Anzhi no se le quita la maña de repetir sílabas. Y suena hasta bonito.
Junjun adoraba a Taotao. Recién había aprendido a caminar y ya decía algunas palabras. Sus hermanos mayores eran bruscos con él: lo levantaban y se lo llevaban como si fuera un paquete, o se lo echaban al hombro, o se lo metían bajo el brazo y salían corriendo. Solo Taotao lo tomaba de la mano, le daba de comer, le hablaba y hasta le cantaba.
Ese día, Liu Yiyi fue a la casa antigua a pasar el calor. Se sentó con Yan Xi a tomar té en un recodo del corredor exterior de la sala, en el primer piso.
Afuera, las cigarras cantaban sin parar, y el jardín estaba verde y florecido. Adentro, el aire acondicionado hacía que todo fuera fresco. Era una tarde perfecta. Liu Yiyi charlaba con Yan Xi sin mucha seriedad.
—Oye, aquel director guapo de la vez que fui a la emisora… ¿no está interesado en ti?
Yan Xi no lo negó.
—Vaya, Yan Xiaowu… sí que lo escondes bien. —Liu Yiyi le dio un golpecito—. ¿Y por qué no te gusta?
Yan Xi la miró, resignada.
—Ok, ya no digo nada… bueno, no, sí voy a decir una cosa: aunque no te guste, igual te lo puedes llevar a la cama, ¿no? —Liu Yiyi la miró con una sonrisa traviesa.
Yan Xi soltó una carcajada, acordándose de cuando Liu Yiyi decía que quería acostarse con su segundo hermano.
Siguieron hablando sin mucha importancia. Desde donde estaban, podían ver a Taotao dentro de la sala, dándole clases a Xiao Pang.
—Mira, aquí: AC = BC, entonces el ángulo A es igual al ángulo B, ¿sí? Y como el triángulo ABC es isósceles rectángulo, entonces el ángulo ACB es de 90 grados. Y AD = DB…
Xiao Pang:
—¿Ah?… Ok… ¿puedes no saltarte pasos?
Taotao:
—…Pero si eso lo dice el enunciado.
Xiao Pang:
—Ah, ah, ya, ya.
Taotao:
—…¡Concéntrate un poco!
Xiao Pang:
—Je, je, je.
Liu Yiyi, que lo escuchaba desde lejos, se rió.
—A veces siento que los dos “gorditos” le bajan el IQ a toda la familia Yan. Taotao sí parece hija de tu casa.
Yan Xi se frotó la frente, claramente sin palabras.
Xiao Pang ya era un chico de un metro setenta, cejas gruesas, ojos grandes, con cara de buena gente y medio torpe. Sentado ahí, era el doble de grande que Taotao. En cambio Taotao acababa de cumplir catorce: se le habían ido un poco los cachetes de bebé, la barbilla se veía más fina, y sus ojos negros brillaban como agua. Tenía el cabello enrollado en un moño alto, llevaba un vestido holgado con cuello marinero, y estaba sentada con mucha formalidad, escribiendo con el lápiz. Debajo de la mesa, sus piernas blancas y rectas, como porcelana, a veces se balanceaban con picardía.
Liu Yiyi suspiró, admirada.
—Taotao es una niña preciosa y adorable.
Ella trabajaba en moda, estaba acostumbrada a ver celebridades, modelos y diseñadores con “aura”. Tenía su propio criterio sobre la belleza.
—En estos últimos años me he dado cuenta de algo… no sé si es porque la vida mejoró y la nutrición también, o qué, pero ahora la mayoría de los niños se desarrolla antes. Entre los catorce y los dieciséis, adoptan demasiado pronto una apariencia muy madura. No es que se vea mal, al contrario, se ve muy bien. Pero esa belleza… es la que te pertenece cuando ya eres adulta, incluso cuando tienes veintitantos. A los catorce, quince, dieciséis… incluso diecisiete o dieciocho, deberías tener esa belleza adolescente: única en la vida, fugaz, a medio camino entre lo tierno y lo maduro. Esa suavidad un poquito torpe, esa inocencia, lo blandito, lo nuevo… Pero muchos niños se apresuran y se “maduran” a la fuerza. Ay, qué prisa…
Luego suspiró, feliz:
—Pero Taotao es justo esa belleza de la que hablo. Es adorable. ¡Qué bonito! De verdad, qué bonito…
Se emocionó un rato con su propio discurso y luego, orgullosa, miró a Yan Xi.
—¿A que tengo razón?
Yan Xi miró a la chica dentro de la sala, explicando el ejercicio con tanta seriedad. Su mirada era concentrada y suave. Curvó los labios y sonrió: una sonrisa tierna, llena de cariño.
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