Pero no se fue del todo. Se quedĂł fuera de la puerta y se sentĂł pesadamente en el suelo.
El viento frĂo que la golpeĂł de frente logrĂł despejarle un poco la cabeza.
ÂżHabĂa ido… demasiado lejos?
Cuando estaba dominada por la rabia no podĂa pensar con calma ni con mesura, pero ahora, al serenarse, se daba cuenta de que lo que habĂa hecho habĂa sido realmente excesivo. Su cuñada muy probablemente no la perdonarĂa, ni volverĂa a hacerle caso.
Convencida por su propio razonamiento, Jiang Xu se levantó, se puso la ropa exterior y, apoyándose en sus piernas doloridas y entumecidas, fue a abrir la puerta.
Jiang Xu, al verla, seguĂa incĂłmoda. La ira que apenas habĂa logrado calmar volviĂł a surgir.
—Si no entras, cierro la puerta.
—¡Entro, entro ahora mismo!
Temiendo que se arrepintiera, Ji Ruyu se metiĂł dentro como una anguila y cerrĂł la puerta tras de sĂ.
El interior estaba cálido. Ji Ruyu notĂł aĂşn más lo frĂa que tenĂa la piel y, de manera instintiva, no se atreviĂł a acercarse a Jiang Xu, temiendo transmitirle el frĂo.
Al verla plantada allĂ como un poste, Jiang Xu sintiĂł que la rabia le subĂa de nuevo.
Jiang Xu apretó los labios y luego sacudió el brazo con fuerza, soltándose de ella.
—Ahora sĂ recuerdas que soy tu cuñada. ÂżPero cuando me trataste asĂ hace un rato, tuviste el más mĂnimo respeto hacia mĂ como tu superior? Mi condiciĂłn de cuñada solo servĂa para excitar tu conducta pervertida.
El rostro de Ji Ruyu se contrajo. BajĂł la cabeza en silencio.
No podĂa refutar nada de lo que decĂa.
—No me atrevo a volver a verte —continuó Jiang Xu—. Quiero cortar todo contacto contigo.
—No… no puede ser…
Ji Ruyu habĂa esperado que estuviera furiosa, pero no que fuera tan tajante. El pánico la inundĂł por completo.
No podĂa imaginar su vida sin esa mujer.
No soportaba la idea de que Jiang Xu se negara a perdonarla y a darle una oportunidad para enmendarse. Su mente empezó a deslizarse hacia pensamientos aún más oscuros: cómo encerrarla, cómo atarla, cómo mantenerla cautiva…
De todo eso, Jiang Xu no sabĂa nada. Solo dijo con calma:
—Si aún quieres reconocerme como tu cuñada, debes aceptar mis condiciones. De lo contrario, cortaremos la relación y no volveremos a vernos.
Ji Ruyu levantĂł la cabeza. Con solo un hilo de esperanza, aquellos pensamientos sombrĂos volvieron a esconderse.
Tras los diez golpes, las palmas de Ji Ruyu estaban rojas. En sus ojos brillaba una luz de excitaciĂłn que apenas podĂa contener. SabĂa que Jiang Xu no querĂa verla asĂ, asĂ que, con gran esfuerzo, rompiĂł a llorar:
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