La consorte Liu finalmente tuvo que admitir la verdad: el emperador habĂa cambiado de corazĂłn. Ahora parecĂa que todos sus pensamientos estaban puestos en la emperatriz; incluso iba todos los dĂas al palacio de campo para acompañarla.
—¿De verdad piensa permitir que ella participe en la cacerĂa de otoño? ¡No puedo aceptarlo! —dijo la consorte Liu entre dientes, llena de resentimiento.
En cuanto se enfadaba, el eunuco ya no se atrevĂa a hablar.
La consorte Liu se cubriĂł el rostro y rompiĂł a llorar.
—Cuando Su Majestad me nombrĂł como la consorte de mayor rango, me dijo claramente que solo me tenĂa a mĂ en su corazĂłn, que yo era su verdadera esposa…
En el Palacio de Chang Le, residencia de la consorte Li.
En ese momento, la consorte Li estaba ofreciendo incienso ante la tablilla conmemorativa de su madre. En el palacio, tener una tablilla ancestral en privado era considerado de mal augurio, por lo que solo podĂa hacerlo a escondidas.
Tras terminar, se quedó frente a la tablilla secándose las lágrimas cuando de pronto oyó un ruido a su espalda.
Se giró sobresaltada. Le pareció ver una sombra oscura deslizarse detrás de ella.
ÂżUn fantasma? ÂżEra un fantasma?
La consorte Li quedó paralizada. De repente, alguien la abrazó por detrás.
—¡Ah…!
Su grito apenas saliĂł de su boca cuando una mano se la cubriĂł con fuerza.
—Su Alteza no querrá que se sepa que está erigiendo una tablilla en secreto dentro del palacio, ¿verdad?
Esa era… la voz del nuevo eunuco encargado de su residencia.
La consorte Li consiguiĂł apartar su mano con esfuerzo.
Lan Tangyue se quedĂł un instante sorprendida. No esperaba que la consorte Li malinterpretara la situaciĂłn y pensara que pretendĂa hacerle algo indebido.
Un impulso travieso la llevĂł a alzarle el mentĂłn con los dedos y obligarla a mirarla.
—¿No ha oĂdo Su Alteza aquello de “morir bajo la flor del peonĂa, incluso como fantasma serĂa romántico”?1
El rostro de la consorte Li palideciĂł como el papel. El nuevo eunuco era de rasgos finos y parecĂa aplicado; jamás imaginĂł que tuviera tal osadĂa. Nunca volverĂa a juzgar por la apariencia.
—¿Ahora? ¿Cómo saldremos del palacio a estas horas?
—Si partimos ahora, regresaremos antes del amanecer y nadie lo sabrá. Pero con tantas joyas en el cabello no es práctico caminar bajo la luna. ÂżLe importarĂa cambiarse por algo más sencillo?
Al oĂrla llamarse a sĂ misma “servidora”, la consorte Li recordĂł que la habĂa llamado “perro insolente” y se sonrojĂł.
—No vuelvas a llamarte asĂ. Mi nombre es Liu Yixiao.
—Yixiao… —repitió Lan Tangyue.
Sin que se dieran cuenta, ya habĂan salido del palacio.
Fuera los esperaba un carruaje preparado con antelaciĂłn. Subieron, y la consorte Li preguntĂł nerviosa:
—¿No hay toque de queda a estas horas?
—No tema. Nadie nos detendrá.
Si hubiera mirado con atenciĂłn antes de subir, habrĂa notado que el carruaje llevaba el emblema de la residencia de la Princesa Mayor.
Tras recorrer las calles durante un buen rato, el carruaje finalmente se detuvo.
—Hemos llegado.
Lan Tangyue ayudĂł a la consorte Li a bajar. Esta, incapaz de contenerse, corriĂł hacia el interior, llamando entre sollozos:
—¡Madre! ¡Madre!…
En ese momento, una mujer delgada y frágil, envuelta en ropas gruesas, estaba de pie en el patio, con lágrimas corriendo por su rostro.
—Yixiao…
Cuando Lan Tangyue entrĂł, la criada que estaba junto a la anciana dijo con impotencia:
—La señora no quiso esperar dentro. No tuve más remedio que abrigarla bien y dejarla hacer.
Lan Tangyue observĂł a la madre y a la hija, abrazadas con fuerza la una a la otra, y en la comisura de sus labios apareciĂł una leve sonrisa de alivio.
—Cuando el afecto entre madre e hija es tan profundo… no hay nada que pueda hacerse.
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