La emperatriz, famosa por su frágil salud y sus constantes dolencias, apareció vestida con armadura, montada sobre un caballo. Con paso firme, guio la montura hacia ellos y se detuvo junto al emperador.
Jiang Xu observó una a una las expresiones de asombro que la rodeaban, luego volvió la mirada hacia el segundo señor Jiang y curvó los labios en una sonrisa.
—Segundo tĂo… Âżno será que entre vino y carne has estropeado tanto tu cuerpo que ya ni siquiera puedes compararte con esta sobrina tuya?
A su alrededor se escucharon varias inhalaciones contenidas.
Nadie esperaba que la emperatriz no solo hubiera aprendido de verdad a montar a caballo, sino que además se posicionara pĂşblicamente en contra de la familia Jiang. El jefe del clan habĂa asegurado con total certeza que la emperatriz, como hija del linaje Jiang, siempre estarĂa de su lado.
Al ver el semblante sombrĂo del patriarca Jiang, era evidente que esta situaciĂłn tampoco estaba dentro de sus cálculos.
El segundo señor Jiang cambió de expresión de inmediato.
—Su Majestad la Emperatriz, aunque ostente el rango de madre del paĂs, yo sigo siendo su mayor. Cuando aĂşn estaba en el hogar, jamás fue tan irrespetuosa con sus superiores.
Mientras hablaba, su mirada se desviĂł de manera insinuante hacia Ji Ruyu, como si la estuviera culpando de haber corrompido a su sobrina.
Ji Ruyu aún no reaccionaba. ¿La emperatriz… la estaba defendiendo a ella?
ÂżAcaso esos dĂas de duro entrenamiento a caballo habĂan sido para este momento?
La conmociĂłn que sentĂa era indescriptible. Miraba a Jiang Xu atĂłnita, sin siquiera notar la mirada del segundo señor Jiang.
El patriarca Jiang intervino con desagrado:
—¿Acaso Su Majestad la Emperatriz ya no nos considera dignos de su estima?
Aunque la familia Jiang era el clan materno de la emperatriz, no dejaba de existir la diferencia entre soberano y sĂşbdito. Sin embargo, esa diferencia no debĂa borrar los lazos familiares. Aquellas palabras eran una clara insinuaciĂłn de falta de piedad filial.
Ji Ruyu reaccionĂł por fin, con una sonrisa apenas perceptible en los labios.
—Xu Xu, vámonos —dijo Ji Ruyu con una sonrisa—. El paisaje del coto de caza es tan hermoso que serĂa una verdadera lástima no dar un paseo en caballo.
Al oĂr que la llamaba de nuevo con un apelativo tan Ăntimo, Jiang Xu se quedĂł un momento desconcertada, pero enseguida cooperĂł.
—Lo que dice Su Majestad es muy razonable.
El emperador y la emperatriz se marcharon conversando con naturalidad, dejando atrás a los nobles, con los rostros desencajados.
Dieron una vuelta a caballo por el coto; el paisaje era realmente hermoso. Jiang Xu no mencionĂł lo ocurrido antes, y Ji Ruyu tampoco.
Ambos caballos avanzaban despacio, uno tras otro, por la pradera.
Jiang Xu bajĂł la cabeza. Frente a aquellas personas… ÂżhabĂa logrado ayudarla un poco?
Pero, dentro de todo el plan de Ji Ruyu, lo que ella podĂa hacer seguĂa siendo mĂnimo. Quizá por eso Ji Ruyu nunca habĂa considerado siquiera mencionarlo…
Ji Ruyu la seguĂa, observando su figura esbelta desde atrás. AbriĂł ligeramente la boca, pero luego volviĂł a cerrarla.
ÂżHabĂa aprendido a montar por ella?
Pero… ella le habĂa hecho cosas imperdonables.
QuerĂa preguntarle, preguntarle si lo habĂa hecho por ella, pero temĂa que abrir la boca no fuera más que humillarse a sĂ misma.
AsĂ, ambas, cada una con sus pensamientos, recorrieron el coto en silencio.
Hasta que alguien del Ministerio de Ritos acudiĂł a informar que la hora auspiciosa se acercaba y que el emperador y la emperatriz debĂan prepararse para inaugurar oficialmente la gran cacerĂa de otoño.
De regreso al área principal, los funcionarios ya aguardaban. Sus emociones eran variadas: algunos estaban ansiosos, otros desdeñosos.
Ji Ruyu mirĂł a Jiang Xu con sorpresa. ÂżDe verdad aceptaba una exigencia tan absurda? Apenas habĂa aprendido a montar. Participar en una cacerĂa era demasiado peligroso.
El patriarca Jiang tampoco esperaba una respuesta tan directa, y su expresión se tornó aún más desagradable.
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