La consorte Li se apresurĂł a controlar su mirada.
ÂżHabĂa asustado a su benefactora con esa expresiĂłn?
Si la espantaba y la hacĂa huir, eso sĂ que serĂa una lástima~
—Voy a ayudarte a vendar la herida —dijo.
A continuación, la consorte Li se concentró con toda seriedad en curar la herida del hombro y el pecho de Lan Tangyue. Sus movimientos eran tan hábiles que no tardaron en despertarle dudas.
—¿Su alteza suele vendar heridas? Parece muy experta.
El tono de la consorte Li era tranquilo, como si hablara de otra persona:
—Cuando aĂşn no me habĂa casado, mi padre solĂa golpearnos a mi madre y a mĂ… Mi madre creĂa que esas cosas eran vergonzosas y no querĂa que nadie las supiera, asĂ que desde muy pequeña aprendĂ a tratar nuestras heridas.
—Su alteza… —Lan Tangyue la miró, atónita.
En aquel rostro sereno no habĂa rastro de dolor. Intentar consolarla le parecĂa casi una impertinencia.
Lan Tangyue dejĂł escapar un grito ahogado. Su cuerpo se estremeciĂł sin control y se encorvĂł para cubrirse el pecho, completamente desconcertada, con el rostro ardiendo.
La consorte Li riĂł bajito.
—Vaya, parece que aquà eres muy sensible~
ParecĂa que solo estaba jugando, que era una broma sin más…
La consorte Li ya no recordaba si lo habĂa leĂdo en “La joven libertina y su criada astuta”, en “La nodriza coqueta que no logra escapar” o en algĂşn otro relato similar.
Era la primera vez que Lan Tangyue veĂa un cuerpo femenino tan hermoso. Aunque desde muy joven habĂa sabido que le gustaban las mujeres y siempre habĂa dado la impresiĂłn de ser experimentada y segura, en realidad llevaba años viviendo sola, como un lobo solitario, sin haber tocado siquiera la mano de otra mujer.
La escena era demasiado estimulante.
Y su nariz, traicionera, empezĂł a sangrar.
Lan Tangyue entró en pánico. Su primer impulso fue huir, pero la consorte Li la sujetó del brazo, la abrazó por la cintura desde atrás y la presionó contra el lecho.
Seguro que solo querĂa pagar la deuda de gratitud, y su sangrado tan poco decoroso la habĂa hecho pensar que ella era una pervertida dominada por el deseo, dispuesta a aceptar su sacrificio.
Eso no podĂa ser.
—No, su alteza, me ha malinterpretado. No tengo ninguna intención irrespetuosa hacia usted…
Con la fuerza de alguien entrenado en artes marciales, la apartĂł con facilidad, se puso la ropa apresuradamente y murmurĂł:
—Lo siento…
Y huyĂł.
La consorte Li la vio marcharse, se cubriĂł de nuevo y se mordiĂł el dedo, reflexionando.
ÂżHabĂa sido demasiado apresurada?
Pero en el profundo palacio, las oportunidades de ver a su benefactora eran escasas. Si no se daba prisa, alguien más se la arrebatarĂa.
—Benefactora… serás mĂa. No podrás escapar…
…
La cacerĂa de otoño continuĂł segĂşn lo previsto. Aunque los asesinos no habĂan sido capturados, el emperador insistiĂł en no regresar al palacio.
En el Ăşltimo dĂa, durante la ceremonia en el altar del Cielo, el emperador y la emperatriz subieron juntos, ataviados con sus vestiduras ceremoniales. Salvo por su palidez, el emperador no mostraba ninguna anomalĂa.
Los ministros lo admiraron sinceramente por su fortaleza.
Aunque las heridas le impidieron lucirse en la cacerĂa, Ji Ruyu ganĂł algo inesperado: la simpatĂa de los funcionarios. Incluso algunos que antes se oponĂan a sus decisiones dejaron de confrontarla.
—¡Su majestad es digno de lástima… y de respeto!
En el altar, Jiang Xu y Ji Ruyu estaban una al lado de la otra. Por un instante, Jiang Xu se sintiĂł como si de verdad fueran una pareja imperial luchando hombro con hombro.
Ji Ruyu recitĂł:
—«Oh augusto Cielo, que observas la tierra, reúne la esencia del suelo, concede lluvias propicias, que todos los seres vivan en su lugar, desde tiempos antiguos hasta hoy, veneramos la bendición del Cielo.»
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