Esta vez, por muy lenta que fuera, Lan Tangyue comprendió por fin lo que había ocurrido.
En su mente apareció la escena del jefe de la familia Liu entregándole a la consorte Li aquel frasco de droga prohibida.
Jamás imaginó que ella la usaría… con ella.
Alzó la vista, incrédula.
—¿Cómo puede ser? ¿Consorte Li, cómo has podido…? ¿Por qué harías algo así? ¿Qué quieres de mí?
Ante su reproche, Liu Yixiao dejó atrás su habitual fragilidad. Le tomó el mentón y, con una mirada encendida, dijo:
—No me llames “consorte Li”. Tengo nombre. Me llamo Liu Yixiao. Puedes llamarme Yixiao… Solo quiero tenerte. Si deseo a alguien, este es el único método que conozco. Siempre me dijeron que nadie se preocuparía por mí. Que lo único que debía hacer era obedecer.
Sus ojos brillaban con una intensidad desconocida.
—Pero ya no quiero obedecer. Tú eres como un ave libre que vuela más allá de estos muros. Puedes ver el mundo entero… y yo no soy más que una flor atrapada en este palacio, destinada a marchitarse cuando deje de ser útil. Cuando eso ocurra… ¿cómo volverías a pensar en mí?
Su voz temblaba.
—Lo único que puedo aferrar es el presente. El ahora. Cada instante en que aún vienes a verme.
Lan Tangyue estaba atónita.
—¿Quieres… tenerme? ¿Por qué? ¿También te gustan las mujeres?
La consorte Li rió, casi con locura.
—¿Gustarme las mujeres? Antes de conocerte, ni siquiera sabía que eso era posible.
Se inclinó más cerca.
—Un pájaro con las alas atadas nunca sabe lo que hay más allá.
Lan Tangyue sintió que el corazón se le hundía. ¿Habían sido sus propias palabras ligeras las que la habían llevado hasta allí?
—Yixiao… cálmate…
Ella se estremeció cuando escuchó su nombre en sus labios.
—Me gusta cómo suena cuando lo dices. Luego… llámame así otra vez.
Con esfuerzo, la levantó y la llevó hasta la cama. El cuerpo de Lan Tangyue estaba sin fuerzas, abrasado por el efecto del fármaco. La mente se le nublaba.
—Así estás preciosa… Debe de ser difícil contenerte. No te preocupes. Yo me ocuparé de que te sientas bien.
La mirada de Yixiao ya no era la de un conejo tímido. Había algo en ella que hacía que Lan Tangyue sintiera miedo… y, al mismo tiempo, un extraño cosquilleo en la piel.
La ató con sorprendente habilidad.
—¿Practicaste esto? —preguntó, incrédula incluso en esa situación.
—Con las mantas. Mucho tiempo.
El calor subía por su cuerpo. Su cabello suelto, las mejillas encendidas, la ropa desordenada… parecía una tentación viva.
Yixiao sacó un pequeño cuadernillo y lo hojeó con una sonrisa.
—Es mi primera vez haciendo algo así. Tengo que aprender bien.
Lan Tangyue vio las ilustraciones y casi perdió la respiración. Entendió entonces de dónde había sacado aquellas ideas.
—¿De dónde… sacaste eso?
—De fuera del palacio. Dicen que son las favoritas de cierta alteza.
Lan Tangyue casi quiso reír y llorar a la vez.
El fármaco hacía estragos. Apenas podía razonar. Aun así, intentó hablar:
—Yixiao… ¿estás segura de que te gustan las mujeres?
Ella se sonrojó ligeramente.
—Claro que sí. Solo soy inexperta.
Lan Tangyue la miró con desesperación. ¿De verdad era deseo… o solo obsesión?
Pero ya no tenía fuerzas para discutir.
La noche se volvió larga, envolvente, llena de respiraciones entrecortadas y silencios tensos. La luna ascendía y descendía en el cielo mientras el tiempo parecía diluirse.
Cuando finalmente todo terminó, Lan Tangyue permaneció inmóvil, la mente en blanco. Sentía que había cavado su propia tumba con palabras imprudentes.
Yixiao la abrazó por la espalda, satisfecha.
—¿Ahora me crees?
Lan Tangyue no respondió.
Al amanecer, cuando recuperó algo de fuerza, se levantó con las piernas temblorosas. Miró a la mujer que dormía en la cama: suave, hermosa, inocente a primera vista.
Pero ya no podía verla como un frágil conejo.
Había algo salvaje en ella.
Sin mirar atrás, salió tambaleándose del Palacio Changle.
El palacio era aterrador. Allí no había nadie normal. Solo monstruos… y otros aún peores.
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