Ji Ruyu no esperaba que una tarea tan sencilla como la que le habĂa encomendado a Lan Tangyue terminara con ella desaparecida toda la noche.
Al amanecer, Lan Tangyue finalmente regresĂł.
Aunque ya se habĂa arreglado la ropa y el cabello, algunos mechones seguĂan desordenados, en su rostro quedaba un sospechoso rubor y caminaba con pasos flojos, como si hubiera librado una batalla cuerpo a cuerpo hasta el agotamiento.
Ji Ruyu la mirĂł con ojos escrutadores.
Lan Tangyue fingiĂł no notarlo y reportĂł punto por punto la informaciĂłn que habĂa conseguido.
Al recordar que en cinco dĂas tendrĂa que volver a encontrarse con la consorte Li, sus piernas temblaron.
No.
TenĂa que inventar una excusa y librarse de esa misiĂłn. ¡Que Ji Ruyu enviara a otra persona!
—Está bien, lo entiendo. Si surge nueva informaciĂłn, avĂsame de inmediato —dijo Ji Ruyu, lanzándole una Ăşltima mirada—. Puedes retirarte.
En otras circunstancias, Lan Tangyue habrĂa protestado por su frialdad.
Pero ahora solo querĂa escapar de ese palacio lo antes posible.
Se dio la vuelta, pero sus piernas estaban más entumecidas de lo que pensaba y tropezó ligeramente.
Ji Ruyu ya no pudo ignorarlo.
—Espera.
Lan Tangyue se detuvo, el corazĂłn desbocado.
ÂżHabĂa notado algo raro?
Si Ji Ruyu llegaba a enterarse de que habĂa sido devorada sin piedad por esa “conejita blanca”, se burlarĂa de ella hasta el fin de los tiempos.
Sus movimientos no pasaron desapercibidos para Jiang Xu.
Una noche, mientras le cambiaba las vendas, Jiang Xu preguntĂł sin rodeos:
—¿Quieres convertirte en la verdadera emperatriz… no es as�
Ji Ruyu no esperaba tanta franqueza.
RespondiĂł con la misma claridad:
—SĂ. ÂżMe apoyarás?
Jiang Xu pensĂł que no podĂa haber mejor desenlace. Ji Ruyu serĂa una buena gobernante, y ella podrĂa vivir en paz sin temer que un cambio de poder la convirtiera en objetivo.
Ji Ruyu no profundizĂł en esa frase. SabĂa que los padres de Jiang Xu seguĂan vivos; tal vez, como ella, simplemente tenĂa una relaciĂłn distante con su sangre.
Ji Ruyu mirĂł sus manos entrelazadas, algo aturdida.
No podĂa seguir asĂ.
Jiang Xu aparecĂa ante ella todos los dĂas, cercana y cálida, pero prohibida. Sus fantasĂas se estaban volviendo cada vez más oscuras. TemĂa perder el control.
—Quiero hablar contigo de algo —dijo con dificultad.
Jiang Xu la mirĂł.
Ji Ruyu apartĂł ligeramente el rostro.
—Últimamente me reĂşno mucho con los ministros. No es conveniente seguir aquĂ. Planeo mudarme al templo Shanglin dentro del palacio. Además, mis heridas ya han mejorado; no quiero seguir molestándote para que me cambies las vendas cada dĂa.
Jiang Xu se quedĂł un momento en silencio.
Ji Ruyu siempre habĂa buscado cualquier excusa para permanecer a su lado. Ahora querĂa marcharse.
Pero si aspiraba a grandes metas, no podĂa seguir pegada a ella. Y ella tampoco podĂa ayudar demasiado.
—Gracias, cuñada —respondió Ji Ruyu con una sonrisa que ocultaba su pesar.
Si continuaban tan cerca, temĂa cruzar una lĂnea de la que no habrĂa retorno.
Antes de recuperar su identidad, no tenĂa derecho a exigir nada. No sabĂa si Jiang Xu podrĂa quererla algĂşn dĂa, ni tenĂa la posiciĂłn para reclamar su amor.
Era demasiado pronto.
Solo quedaba esforzarse.
AsĂ, Ji Ruyu se trasladĂł al templo Shanglin.
El Palacio Weiyang y el SalĂłn Yangxin quedaron silenciosos. Cuando Jiang Xu se acostĂł sola en la cama, sin aquella presencia ruidosa, sintiĂł una punzada de soledad.
Tres dĂas resistiĂł.
Al final decidiĂł ir a verla.
Su heridas aĂşn no habĂan sanado del todo. ÂżY si, sin ella, descuidaba su propio cuerpo?
Pensando en la antigua Ji Ruyu, aquella que no valoraba su vida, Jiang Xu no pudo evitar preocuparse.
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