En el Palacio Weiyang, Jiang Xu se quitó el manto exterior y se cambió a ropa de descanso. El médico imperial acababa de marcharse tras dejarle unas medicinas para las rodillas. Las tenía amoratadas por haber permanecido arrodillada tanto tiempo.
Ahora, confinada y sin necesidad de recibir a nadie, se aplicó el ungüento con cuidado y, sentada en el borde del lecho, se quedó mirando sus piernas en silencio. Con la yema de los dedos se secó las lágrimas que le resbalaban por el rabillo del ojo.
Qué inútil… Apenas había estado arrodillada un rato y ya tenía las rodillas moradas.
Si fuera Ji Ruyu… si fuera la noble consorte Liu… o incluso Lan Tangyue… mujeres fuertes como ellas, ¿acaso estarían así de débiles?
Entre pensamientos dispersos y autocríticos, se recostó sin darse cuenta y terminó quedándose dormida. El frío la despertó. El cielo ya se había oscurecido y, afuera, una lluvia otoñal caía con un murmullo constante, no demasiado fuerte, pero lo suficiente para bajar aún más la temperatura y volver todavía más gélido el ya solitario Palacio Weiyang.
Jiang Xu recordó lo que Ji Ruyu había dicho aquella mañana. A esa hora debía de estar en el palacio de la noble consorte Liu, cenando con ella. Incluso había prometido que la convocaría esa noche.
¿Cómo pensaba evitar levantar sospechas? No podía inventar excusas sin más. ¿Acaso realmente iba a…?
Tal vez, si no se desvestía… si solo usaba las manos…
Un escalofrío le recorrió el cuerpo como una corriente eléctrica.
¿Qué estaba pensando?
¿De verdad estaba celosa? ¿Estaba molesta porque Ji Ruyu pudiera tener algo con otra mujer?
Si Ji Ruyu hacía un sacrificio por el bien mayor, ¿cómo podía ella permitirse sentir eso?
Ella era solo su cuñada imperial. Aunque en el pasado hubieran cruzado ciertos límites, ahora habían trazado una línea clara entre ellas. ¿Con qué derecho estaba allí, imaginando esas cosas?
En la senda de Ji Ruyu hacia el poder ya era lo bastante inútil. ¿Encima iba a atarla con sentimientos mezquinos, a exigirle cosas, a prohibirle esto o aquello? Lo que más había temido en sus dos vidas era convertirse en un lastre. ¿Cómo iba a permitir que eso le ocurriera a Ji Ruyu?
Abrazó lentamente sus propias rodillas y apoyó el peso del cuerpo sobre ellas, como si así pudiera aliviar la opresión en el pecho.
El mundo era lo importante; ella, insignificante. Con el tiempo, el mundo ocuparía cada vez más espacio en el corazón de esa persona… y ella, cada vez menos. No importaba cuánto quedara al final de sí misma en ese corazón; no lo reclamaría.
Las lágrimas cayeron sobre sus brazos. Su visión se volvió borrosa.
Entonces oyó el sonido de algo rompiendo una ventana.
Ese día el palacio ya había sufrido un atentado. Estaba especialmente sensible a cualquier ruido extraño. Justo cuando iba a gritar pidiendo ayuda, una figura familiar apareció ante ella y la voz quedó atrapada en su garganta, doliéndole.
Ji Ruyu, vestida con atuendo imperial, estaba empapada. El agua goteaba de su cabello y su ropa estaba completamente mojada, como si hubiera cruzado la lluvia a propósito. El frío que traía consigo parecía enfriar aún más la estancia.
—Tú… —Jiang Xu apenas pudo pronunciar la palabra.
¿Por qué estaba allí?
La pregunta llenó su mente, desplazándolo todo.
—¡Cuñada! —Ji Ruyu se arrancó el manto empapado y avanzó hacia ella. Al instante vio las rodillas amoratadas.
El color le atravesó los ojos como una puñalada. Sintió un dolor tan agudo que las lágrimas le brotaron sin poder contenerlas.
Se arrodilló frente al lecho de Jiang Xu, mirando fijamente aquellas rodillas sin atreverse a tocarlas, mientras las lágrimas le caían sin cesar.
Jiang Xu se quedó paralizada ante su reacción.
De pronto, Ji Ruyu se dio una bofetada.
El sonido fue seco y fuerte, más contundente que cualquiera que Jiang Xu le hubiera dado en el pasado.
—¿Qué haces? —exclamó ella, sujetándole la mano.
Ji Ruyu, con la voz entrecortada, dijo:
—Es culpa mía. Todo es culpa mía. Cuñada, pégame tú… castígame.
Las emociones que Jiang Xu había estado reprimiendo se desbordaron. Las lágrimas le caían sin control mientras seguía sosteniendo la mano de Ji Ruyu para impedir que volviera a herirse.
—No tiene nada que ver contigo… Es que mi cuerpo es débil. Solo estuve arrodillada un rato, no duele, solo se ve feo…
Ji Ruyu se aferró a su mano y la presionó contra su propia mejilla, frotándose como un animalito buscando calor.
—No, es culpa mía. Fui imprudente y desperté las sospechas de la noble consorte Liu. No supe manejarlas y te arrastré a sufrir por mí.
Jiang Xu ya había supuesto que aquella escena había sido para disipar sospechas, pero al oírlo en sus labios sintió un nudo en la garganta.
—¿No deberías estar en el palacio de la noble consorte Liu? ¿No ibas a… a pasar la noche con ella?
Ji Ruyu abrió los ojos con incredulidad.
—¿Cómo podría hacerle algo de verdad? La adormecí con un medicamento y, mientras estaba inconsciente, vine a verte.
El corazón de Jiang Xu latió con fuerza. Un calor eléctrico se extendió hasta la punta de sus dedos.
Ji Ruyu no había hecho el “sacrificio necesario”. Incluso en una situación tan peligrosa, había arriesgado todo para venir a verla.
Era como si alguien hubiera volcado un frasco entero de condimentos en su pecho: emociones mezcladas, dulces y amargas.
Entonces notó que la piel de Ji Ruyu estaba ardiendo. Le tocó la frente.
—¿Tienes fiebre?
Ji Ruyu sonrió con timidez.
—Mira… solo me mojé un poco y ya tengo fiebre. ¿No soy demasiado inútil? Si soy así de inútil, ¿cómo puedes despreciarte tú por tener las rodillas moradas por mi culpa? Deberías darme otra bofetada y llamarme idiota.
Las lágrimas de Jiang Xu corrieron con más fuerza.
Desde que habían terminado aquella relación enredada, ya no la golpeaba ni la regañaba. Sin embargo, ahora la distancia entre ellas parecía mayor que cuando se herían.
—¡No deberías haber venido! —lloró—. Ella ya sospecha de ti. ¿Por qué arriesgarte a adormecerla y venir hasta aquí? ¿Y si despierta? ¿Y si algún sirviente descubre que no estás allí?
—Lan Tangyue se quedó en mi lugar —respondió Ji Ruyu—. Ella vigila a la noble consorte Liu y no dejará entrar a nadie.
Pero Jiang Xu ya no podía razonar con calma.
—¿Por qué? ¿Por qué hacer todo esto? ¿Qué ganas con venir a disculparte? ¿Te aporta algún beneficio? ¡Tú quieres ser emperador! ¿Por qué perder el tiempo en algo que no te da nada? ¡Yo no soy importante! No puedo ayudarte en nada. Frente al imperio, frente al trono… soy insignificante.
Las palabras salieron atropelladas, sin filtro. Cuando terminó, solo quedó el silencio y el sonido irregular de su llanto.
Ji Ruyu se puso de pie de golpe, con lágrimas también en los ojos, presionándose el pecho.
—¿Insignificante? —su voz temblaba—. ¿De verdad crees que vine por utilidad? ¿Que todo en mí se mueve por cálculo? ¿Que si algo no me aporta beneficio, no merece la pena?
Respiró hondo, como si el aire le faltara.
—No vine porque fuera prudente. Vine porque me dolía. Me dolía imaginarte sola aquí, con esas rodillas moradas. Vine porque no quería que pensaras que puedo tocar a cualquiera sin sentir nada. No soy así. No quiero ser así.
Se acercó un paso más, la mirada ardiente pese a la fiebre.
—Si el trono exige que pierda lo que más me importa, entonces ¿para qué lo quiero?
La lluvia seguía cayendo afuera, fina y persistente, como si lavara el polvo del mundo. En la habitación, el frío se mezclaba con el calor de la fiebre y el temblor de dos corazones que, pese a todo, seguían buscándose.
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